viernes 27 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Jorge Iván Arango

Hay verdades que por más que las racionalicemos, cuando los hechos en que se fundamentan se dan, los sentimientos atropellan la razón y nos hacen doler el alma; la muerte es la más cruel de ellas.

Nacemos y morimos; eso es claro, pero cuando la muerte golpea cerca sufrimos; la realidad nos parece un sueño y sentimos increíble lo sucedido. Lo decimos porque acabamos de despedir a todo un bacán, un hombre gocetas, alegre, espontáneo y buena gente que se habría sorprendido si hubiera oído todo lo bueno que de él se ha dicho, al que lo encontró la muerte cuando más proyectos tenía.

Nuestra amistad tuvo la intensidad necesaria para apreciar que en él había un niño atrapado en un cuerpo viejo y que se comportaba como un hombre que jugaba a ser el infante que ya no era.

Se fue el hombre pero nos queda su arte, esa que ahora alabamos a gritos aunque nunca antes supimos cómo hacérselo saber, ya que los santandereanos somos así, duros por fuera como las piedras, pero débiles a rabiar por dentro y es una lástima que la muerte deba estar de por medio para que podamos sacar del alma lo que la formación no nos deja mostrar cuando verdaderamente era importante para el interesado.

Nos parece ver la cara entre feliz e incrédula que habría puesto si le hubiéramos podido decir, cuando estaba entre nosotros, la mitad de lo que hemos dicho ahora que ya no está; sabemos cuánto lo disfrutaba pero no lo confesaba, solo por ser como era y como fue hasta su último instante.

Se nos quedó pendiente una reunión para romper una abstinencia etílica que nos habíamos impuesto como disciplina, dejándonos la sensación de ese vacío que hoy percibimos en los lugares en que teníamos la oportunidad de encontrárnoslo y gozar la alegría de ese hombre feliz que compraba los bastimentos que preparaba en esa cocina campesina en donde hacía un tinto especialmente espeso.

Maestro Iván, tarde o temprano nos volveremos a encontrar allá, a donde nos mandan a los que somos así. Paz en su tumba.

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