viernes 13 de febrero de 2009 - 10:00 AM

Legalizar

Si hay algo que sea manifiesto, es el rotundo fracaso de las políticas prohibicionistas que en materia de droga se han implementado en el mundo moderno.

La prohibición de su fabricación, comercialización y consumo, lo único que ha producido es la creación de redes clandestinas dedicadas a ello; esto hace que su costo se incremente desmesuradamente, hasta el extremo de convertirlo en un producto rentabilísimo, razón por la cual se defiende generando unos esquemas de violencia que lo protegen, añadiendo a un mal otro mucho más grave.

Curiosamente no se observan campañas encaminadas a desestimular su uso por parte del consumidor final, quien a la postre sostiene el andamiaje creado para que él pueda satisfacer su vicio.

Las prohibiciones, lo hemos dicho muchas veces, constituyen el peor sistema para reprimir conductas sociales, pues quien está atacado por la enfermedad de la adicción, como es el caso de los drogadictos, hacen hasta lo imposible para poder satisfacer su necesidad, encarecida por la cantidad de gastos que implica el manejo de su ilegalidad.

Nuestra propuesta es atacar por dos frentes: Uno, haciendo campañas masivas de educación encaminadas a evitar el consumo, o a hacer de él un manejo controlado y dos, empezar el desmonte de esa ilegalidad y por ende de la prohibición que, reiteramos, nada ha producido al final de cuentas.

Legalizar permite que se pueda producir una droga de calidad controlada y además facilita el que el drogadicto dé la cara al público, lo cual puede ser el primer paso para empezar una rehabilitación, sembrando por lo menos una luz de esperanza en el futuro de estas personas.

Algunos países europeos han hecho tímidos ensayos y desde luego han cambiado la naturaleza del mal, pues ahora se sabe quiénes son los consumidores y se puede intentar trabajar con ellos.

El mundo moderno debe entender que la prohibición no desestimula el consumo, por lo que sentimos que ha llegado la hora de implementar otros modelos más permisivos que faciliten identificar plenamente el mal y el enfermo y, por lo tanto, intentar su reducción a través de procesos educativos.

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