viernes 15 de mayo de 2020 - 12:00 AM

No nos quieran tanto

tanto amor nos está asfixiando, especialmente a aquellos que somos productivos pues aunque parezca que nuestras autoridades olvidan esa condición, lo cierto es que muchos trabajamos disfrutando lo que hacemos
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Ya sabemos que el Presidente de la República quiere mucho a los “viejitos” y por eso nos dio la casa por cárcel; solo que tanto amor nos está asfixiando, especialmente a aquellos que somos productivos pues aunque parezca que nuestras autoridades olvidan esa condición, lo cierto es que muchos trabajamos disfrutando lo que hacemos, somos generadores de empresa y por tanto creadores de puestos de trabajo, lo cual permite que muchas familias puedan vivir económicamente de su esfuerzo.

Sabemos que nos encarcelaron con todo el cariño del mundo para protegernos la salud; pero es claro que si de eso se trata, estaremos condenados a cadena perpetua pues el virus llegó para quedarse y la vacuna que lo evita no se ha inventado y mientras lo hacen, la fabrican, la distribuyen y la aplican, pueden pasar fácilmente varios años.

Los viejos somos conscientes de que moriremos de cualquiera de las tres C: cursos, caídas y catarros y el coronavirus no es otra cosa que un catarro sin antídoto y por lo tanto muchos debemos estar preparados para ello.

Hemos insistido que el remedio se volvió más grave que el mal, pues el mismo trastocó la vida de las gentes, arrastrándolas hasta el límite del fracaso, a otras las condenó a perder las fuentes de empleo, así las autoridades digan otra cosa y a la inmensa mayoría les afectó ostensiblemente su economía hasta extremos que nunca llegarán a entender ni la DIAN, ni la UGPP, ni las tesorerías oficiales.

Además, es cierto que se están reiniciando algunas actividades, pero miremos las condiciones que están exigiendo para ello, tan complejas que muchas veces son imposibles de cumplir, pues los costos exceden el flujo de caja menguado ya por la cuarentena.

Ya estuvo bien, ya pasó la peor parte, ya se hizo el sacrificio de no salir de casa, ya se aceptaron todas las órdenes que dieron, pero ya también se acabó la paciencia y cuando eso sucede las respuestas son impredecibles.

Quedamos notificados todos del cariño que sienten por los viejitos; sólo que ahora queremos pedir un favor adicional: no nos quieran tanto.

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