viernes 05 de junio de 2020 - 12:00 AM

Pedro Antonio Vivas Guevara

Perdimos un buen amigo, la sociedad un buen ciudadano, sus allegados a un hombre sensato, sus familiares un estupendo miembro y la Academia de Historia un numerario constante...
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La muerte es la única realidad incontrastable, tan cierta como que empezamos a morir desde el momento que nacemos; solo que solíamos verla como un hecho terrible pues nos mostraron un panorama terrorífico en el que el fuego eterno de un infierno nos esperaba si no obedecíamos.

Ahora, vista desde una perspectiva más real, se ha convertido en un suceso natural que impresiona por el pesar que produce ahora que los muertos en esta crisis, se van sin ceremonias costosas, sin velaciones inútiles y con un reducido acompañamiento familiar.

Cuando el muerto es una persona cercana a nuestros afectos, por quien hemos sentido una admiración profunda, el impacto es más doloroso y la sensación de vacío que deja se vuelve más intensa.

Hemos dicho todo esto pues estamos impactados por la muerte del Ingeniero Pedro Antonio Vivas Guevara, un ingeniero intelectual o quizás un intelectual ingeniero, con una estructura cultural muy fundamentada, de una sencillez propia de los espíritus nobles, dotado de la habilidad del buen conversador, a quien jamás vimos fuera de casillas porque era la calma personalizada que muchas veces nos sirvió de ejemplo a quienes hemos cometido la equivocación de movernos a la velocidad del progreso.

Lo conocimos hace 50 años y nos volvimos compañeros a través de la Academia de Historia de Santander; tuvimos el honor de que nos permitiera ser su amigo.

Desde entonces disfrutamos de sus cualidades intelectuales, de su hablar moderado, de su vivir sin premuras pero sin pausas, de su profundo amor por su tierra natal, Charalá, en donde alguna vez intentó la aventura de postularse para ser su alcalde, solo que con la ética y honestidad que lo caracterizaban no cabía en esos tinglados politiqueros donde impera la corrupción a la vista de todos menos de quienes tienen la obligación de impedirla.

Perdimos un buen amigo, la sociedad un buen ciudadano, sus allegados a un hombre sensato, sus familiares un estupendo miembro y la Academia de Historia un numerario constante, buen escritor, con una enorme capacidad para hablar y sobre todo con un delicioso humor negro.

Paz en su tumba, Pedro.

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