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Eduardo Pilonieta Pinilla
Jueves 15 de febrero de 2024 - 12:00 PM

Terrorismo urbano

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La semana pasada se corrió por WhatsApp, una invitación a los transportistas informales para protestar por unas determinaciones que pretendían adoptar los alcaldes, contemplando la imposición de un pico y placa efectivo tanto a los motociclistas como a los demás automotores, aplicable a toda el Área Metropolitana y además de ello, la expresa manifestación de la prohibición de los parrilleros en las motocicletas.

La razón del inconformismo es que los afectados, que según dicen, son casi 50.000 y se quedarían sin su fuente de trabajo.

Es cierto que en muchos casos son los parrilleros quienes terminan atentando no solamente contra la vida sino contra los bienes de las gentes; sin embargo, éstos son una pequeña minoría y no es justo que paguen todos por la culpa de unos pocos.

En vista de esa amenaza, la ciudadanía se preparó para enfrentarla, tanto que la justicia local resolvió suspender los términos en los procesos que se están tramitando, la gran mayoría de las personas optaron por quedarse en casa y muchas empresas resolvieron que sus empleados laboraran de manera virtual, todo ello porque la experiencia nos ha enseñado los efectos de una protesta social masiva.

Pues bien, amaneció el lunes y no pasó nada porque la protesta fue mínima y casi podríamos decir que inexistente.

Por fortuna, las autoridades lograron preparase para lo peor, quedando a la expectativa de lo que ocurriera por lo anunciado; aún tenemos vivo el recuerdo de la protesta social surgida durante el gobierno anterior.

La verdad, consideramos que esta amenaza obligó a las autoridades a oír a los interesados, cosa que ha debido hacer antes de tomar esas decisiones que afectan a todos los ciudadanos.

Por otra parte, debemos decir que lo sucedido constituye un acto terrorista pues se usó el temor para lograr un fin propuesto, como ocurre con los famosos paros armados que la guerrilla utiliza para demostrar a la ciudadanía su poder criminal por excelencia.

Dicen por ahí que los buenos caballos deben manejarse con firmeza, pero con cariño y, cuando se hace así, las determinaciones, aunque molesten inicialmente, terminan por obligar a las personas a acomodarse a su cumplimiento.

Debemos destacar la forma como las autoridades respectivas manejaron el tema, previniendo los efectos que pudieran causarse a consecuencia de la famosa protesta social.

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