viernes 21 de junio de 2019 - 12:00 AM

¿A parir a otro lado?

Cuando trasplantamos nuestra vida a otro país, la etiqueta de migrante colgará de nuestro cuello
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Columna de
Eneas Navas

Antes de comenzar sería bueno decir que todos hemos nacido en otra parte. Cuando en un país el proyecto de vida personal no encuentra luz, aire, agua y tierras fértiles, cuando los sueños se interrumpen con pesadillas de realidad y dormir es el mejor espacio de recreación que se puede encontrar, hay que hacer algo con nuestras vidas o con el país. Podemos luchar hasta la muerte o un poco más acá, para cambiar las cosas y que los sueños de otros, ya no los nuestros, puedan ser realidad, pero también renunciar al proyecto, cambiarlo o resignarse a la derrota, aunque siempre será una alternativa migrar en busca de otro estado, como lo hacen hoy tantos venezolanos y colombianos. Cuando trasplantamos nuestra vida a otro país, e incluso cuando regresemos al nuestro, la etiqueta de migrante colgará de nuestro cuello para bien o para el desprecio de personajes como Claudia Palacios Giraldo, columnista de El Tiempo, colombiana, posiblemente de familia migrante española por sus apellidos, que mandó a los migrantes a parir en otro lado, sin tener en cuenta que la migración es un fenómeno perpetuo, connatural a la humanidad y que por definición jamás se detiene.

Nuestra prehistoria nacional relata cómo españoles y portugueses, entre otros, buscaron la realización de sus sueños en las tierras de América, incluso cuando estas no eran de Américo, de Colón ni de Aragón y Castilla y, sin tiempo para migraciones, la historia de los de acá, se truncó o llegó a su fin. También llegaron japoneses, judíos y alemanes escapando de la Segunda Guerra Mundial, pensando que en nuestro país se podía vivir, mientras los nuestros emigraban, por la razón contraria (todos yendo a parir en otro lado). La complicación de la migración se genera por la falta de una política pública científicamente estructurada, por la falta de información censal, por las barreras culturales e institucionales y por subestimar la emergencia coyuntural hasta el punto en que seguimos atendiendo las urgencias, y los nacionales que retornan, son víctimas de la discriminación.

Es cierto que la inmigración genera situaciones injustas e inequitativas, evidencia y acentúa problemas de empleo, salud, educación y alimentos, pero el odio, la xenofobia y la aporofobia son la barrera que ciega y paraliza, perdiéndose la oportunidad de desarrollo que ella bien podría representar

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