jueves 24 de julio de 2014 - 12:01 AM

Tenebrosa injusticia

Andrés Felipe Arias, una de las personas más inteligentes difícilmente superadas en Colombia, doctor con honores de la UCLA, era el estudiante que sobresalía por una personalidad propia de verdaderos líderes. Perdió el servicio público a un prodigio, porque en su cargo decidió entregarse integralmente al servicio de su prójimo. Cayó ingenuamente en las garras de azuzadores, políticos profesionales, infiltrados en el periodismo y de autoridades judiciales venales que le cobraron muy caro el haberse ubicado tan rápido muy cerca al podio de los presidenciables. En el servicio privado hubiese sobresalido y escalado muy temprano posiciones de dirigencia mundial, con muchos millones mensuales de salario y participaciones empresariales significativas. Arias no se robó un solo centavo para su bolsillo; la autoridad acérrima que no enemiga gratuita por su condición política militante, le endilgó el crimen de no haber licitado un programa de riego contratado con el IICA, es decir, con la OEA, crimen del que hizo triste eco la Corte Suprema de Justicia, destruyéndolo inicuamente.

Escribió Bernal-León: “El exministro Carrasquilla escribía el otro día en la Revista Dinero que el precedente de Arias iba a ahuyentar a mentes prodigiosas de trabajar en el sector público, pues los riesgos personales de servirle al país eran demasiado altos. Lo mismo argumento yo, persona que según me cuentan había sido postulada por algunos industriales como posible Ministro de Hacienda de una administración alterna a la actual. Yo no soy amigo de Andrés Arias. Lo he visto una vez en mi vida. Pero me duele mucho su tragedia, una tragedia solo posible bajo una justicia politizada y una prensa esquizofrénica, una que defiende la impunidad para el terrorismo bajo el patético mantra del “mi aporte es creer,” pero una que defiende que metan preso a un tecnócrata inocente, y que lo hagan por 30 años.

Cero cárcel para secuestradores, y 30 años para un colombiano honesto que no se robó un solo peso del erario. En serio, así no se puede, señores.”

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