martes 07 de enero de 2020 - 12:00 AM

Palabras inútiles

El atentado de Bagdad parece marcar un giro, no tanto inesperado, pero sí de consecuencias de muy largo alcance, con capacidad para aumentar la incertidumbre y la inestabilidad mundiales
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No ha terminado la resaca del Feliz Año Nuevo, y ya el presidente Trump ha pateado la mesa del tablero de Oriente Medio, que es pateársela al mundo entero, puesto que las consecuencias del asesinato del generalísimo Sulaimeni, el héroe nacional iraní, tiene consecuencias mundiales. Trump lo hizo de manera unilateral, desconociendo todos los factores de poder real de Europa, Asia y de su propio país. En Estados Unidos, líderes de todos los partidos ya pusieron en duda si una acción de este alcance, que compromete la paz mundial y perturba la propia vida americana, no era ya un asunto colindante con una declaratoria de guerra, que tiene sus formalidades en el Congreso, que por supuesto, no es una garantía para evitarla, siempre en ciernes en Oriente Medio, convertido hace décadas en el campo de juegos de guerra de las grandes potencias, desde que decidieron despedazar esta parte del mundo, para satisfacer sus intereses materiales, económicos y geoestratégicos.

El régimen iraní, por supuesto, ha cometido toda clase de actos y movimientos, que apuntan incluso al terrorismo internacional, pero de su contraparte no puede decirse nada distinto. El atentado de Bagdad parece marcar un giro, no tanto inesperado, pero sí de consecuencias de muy largo alcance, con capacidad para aumentar la incertidumbre y la inestabilidad mundiales, pues viene a sumarse, con mucha fuerza, a otras crisis como la comercial, el “brexit”, la desaceleración económica mundial, el ascenso de los neofascismos, la creciente inequidad, fruto de la era neoliberal que, nos dicen ahora, los 500 ricos más ricos del mundo han aumentado sus riquezas como nunca antes se ha registrado.

Cuando un personaje como Trump, caracterizado por su régimen de cacocracia –que no es de cacos–, con un proceso de destitución encima, más su redomado estilo de fomentar el caos como estrategia política, que tiene descoyuntada –dicen– a la Casa Blanca ¿por qué no otra guerra? No será la primera ni la última para dirimir asuntos electorales y judiciales en la vida política norteamericana. Por ahora los petroleros están alegres.

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