martes 22 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Palabras inútiles

Ahora el independentismo está inflamado de nacional populismo, de polarización etnolingüística y de una especie de xenofobia
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Estamos asombrados por los acontecimientos de Barcelona –hasta que irrumpió Santiago–, donde la violencia y las movilizaciones han subido de tono, y la protesta pacífica se quedó en retórica, para dar paso a la violencia organizada y planificada, con evidencias de guerrilla urbanizada, muy inquietante, que ya trasciende a toda España, y el mundo mira expectante.

No es la primera vez en los últimos 100 años que la ciudad está bajo perturbación y violencia. Ahora que termino de leer la nueva novela de Ildefonso Falcones –que se hizo celebridad con ‘La Catedral del Mar’, narrativa ubicada en el siglo XIV–, “El pintor de almas” nos traza un meticuloso fresco de la Barcelona de principios del siglo XX; la ciudad sufre transformaciones de vértigo en su vida social, económica, arquitectónica, con el modernismo como punta de lanza. Pero también nos muestra la Barcelona desgarrada por el radicalismo, el anarquismo, la miseria, la injusticia y una tremenda lucha de clases, que desemboca en los terribles acontecimientos de la llamada “Semana Trágica”, en julio de 1909, que arrasó iglesias, monasterios, colegios. También es protagonista el catalanismo, como una fuerza latente y persistente, que siempre aflora desde finales del siglo XVIII como consecuencia de la Guerra de Sucesión.

Ahora el independentismo está inflamado de nacionalpopulismo, de polarización etnolingüística y de una especie de xenofobia interior vertida sobre al menos el 50% de la población. En esa acción no están solos en Europa; ahí están Hungría, Polonia, los del “Brexit”, los salvinis, bajo la mirada exultante de Trump y Putin. Imposible saber los rumbos que tome el conflicto, al menos para recobrar el manejo racional de la situación.

Santiago nos golpea de frente, porque estamos en el mismo solar latinoamericano. Chile es –o era– el modelo a seguir por su sostenido desarrollo económico, que siempre encubrió la tremenda desigualdad e injusticia arropadas con tanta belleza. Parece que el fantasma de Pinochet ya no asusta a los jóvenes. El gobierno colombiano mueve fichas que pueden empujar una respuesta como la chilena. ¿Aprenderemos algo?

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