martes 01 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Palabras inútiles

hoy día confluyen los tiempos tormentosos del patrioterismo, como el de Trump o el nacionalismo cerril de Bolsonaro, que cree que la Amazonía es apenas el solar de Brasil.
Escuchar este artículo

Que los dos grandes adalides de la democracia moderna –Reino Unido y Estados Unidos– estén en manos de ultranacionalistas y patrioteros como Trump y Johnson es el indicador máximo de los peligros reales que se ciernen para la democracia liberal. Hasta ahora las instituciones y la separación de poderes han podido enfrentarlos. Trump ha sufrido varios reveses sobre sus intenciones autoritarias, racistas, xenófobas y aporofóbicas y Johnson ha sido puesto en su sitio por el Tribunal Supremo; pero las consecuencias a nivel mundial son alarmantes, pues dan fuerte impulso a los populismos y a las ahora llamadas con pompa y circunstancia “democracias iliberales”, es decir, un remedo de democracia real, un mortífero ataque antiliberal, que no se veía desde el ascenso de los fascismos en Europa.

Durante muchas décadas se consideró a los populismos una herencia de las guerras hispanoamericanas de independencia del siglo XIX, y la adopción por parte de nuestros héroes y padres de la patria del concepto de soberanía popular, antes que el de democracia. Y ahí está la clave de casi todos nuestros males actuales. Ahora el populismo avanza con fuerza en los países desarrollados, que han sufrido desastres de populismos, que condujeron a la gran catástrofe de la II Guerra Mundial; y hoy día confluyen los tiempos tormentosos del patrioterismo, como el de Trump o el nacionalismo cerril de Bolsonaro, que cree que la Amazonía es apenas el solar de Brasil.

A nosotros nos asuela también el populismo de la mano del partido de gobierno, el Centro Democrático y sus pretensiones de Estado de opinión; ahora con la historia del acto legislativo para desvertebrar a la Corte Constitucional, e impulsar el viejo bonapartismo de la democracia plebiscitaria –la de los referéndums– y por ese camino desconocer los derechos fundamentales de las minorías, e imponer los privilegios de otras minorías a quienes les ofusca y llena de pánico el Estado de Derecho, y desean con ardor la oclocracia, la tiranía de la ruidosa muchedumbre, la del “Estado soy yo”, en manos del gran caudillo, soñado como eterno.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Otras columnas
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad