martes 15 de diciembre de 2009 - 10:00 AM

Palabras Inútiles

En nuestro país- más que en ningún otro de Suramérica- los conflictos y violencias forman parte del paisaje natural. No paisaje en sentido estético, como descubrió Petrarca hace seis siglos. No nos separamos de la naturaleza sino que seguimos siendo animales, o tratados como tales. Nos parece natural la constante matazón que siempre nos ha acompañado, digamos, desde la llegada de Colón. 

Los imperios indígenas también tuvieron su 'naturaleza' de crueldad. Tan cruel, que a los españoles les parecía cruel, sin caer en la cuenta  de que su crueldad civilizada y cristiana era bastante peor de lo que ellos consideraban bárbaro. Uno de los efectos más deshumanizadores de nuestras crónicas y constantes matanzas es la carencia de memoria histórica. El mal del olvido tal vez sea un mecanismo de defensa para no enloquecer del todo.  Por eso es importante tener miradas de larga duración, y no pensar en que nuestras violencias apenas tienen 50  o  100 años. El Bicentenario puede recordar las de los últimos 200 años. Hernán Cortés o Pedro de Heredia, las de los últimos 500 años. Lo que llamamos Colombia siempre ha estado bajo matanzas y olvidos, y las hemos vuelto 'paisaje natural', indiferencia. Nos quedamos impávidos cuando la semana pasada 'descubrieron' dos mil fosas en la sierra de La Macarena. Somos indolentes cuando una ONG revela  que en los últimos 30 años ha habido en Colombia unos 500 mil desaparecidos. La Fiscalía dice que no hay que exagerar, que tal vez son tan solo 250 mil los que ellos pueden documentar. ¿Cuántos hubo en la Guerra de los Mil Días, en la masacre de las bananeras de 1928, en la guerra civil bipartidista de los años 50, o del alzamiento de Galán hasta hoy? Toda civilización ha sido forjada con violencia, pero nuestra historia ha sido historia fallida, que no logra superar la violencia. Y no se ve tierra de paz a la vista.

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Post scriptum. Lo que sucede con la píldora del día después, la burla de la ley de despenalización del aborto, la prohibición de la dosis mínima, muestra el avance de la facistización y medicalización de la política en Colombia.

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