martes 06 de octubre de 2009 - 10:00 AM

Palabras Inútiles

La euforia visceral del senador Benedetti por los resultados de las consultas del 27 de setiembre lo llevaron a decir una de las cosas más tristes que puedan pasarle a un país que cree ser un Estado Social de Derecho, una democracia real: que los partidos se acabaron y no nos queda sino uribismo. Carlos Lleras Restrepo, tal vez el último estadista que hemos tenido diría montoneras (uribistas).

Y no era un concepto peyorativo o despreciativo sino el reconocimiento de una realidad brutal. Si el senador Benedetti se está refiriendo a todos, incluidas las huestes en las que él cabalga, en realidad no hay partidos. Tenemos unas masas compuestas por todos los estratos o clases sociales, que Hannah Arendt llamó en Los orígenes del totalitarismo 'el populacho'. Tampoco lo dijo en sentido peyorativo, sino que le dio  todo el alcance de una categoría política sociológica.

Estas masas hicieron posible la conducción de la política en Europa hacia el totalitarismo. Por supuesto Colombia está muy lejos de ir en esa dirección, puesto que el totalitarismo es una necesidad absoluta de la política imperialista, luego de la crisis del Estado nación europeo;  de la feroz necesidad de traspasar las fronteras nacionales y hacer del mundo entero -global, dicen  hoy-  su territorio, y si pudieran, conquistarían planetas. Ir lejos no quiere decir que no tengamos aires de familia, pues es imposible hoy día cualquier negación de la democracia real  sin usar tarde o temprano elementos probados y eficaces del arsenal de medios totalitarios o fascistas. El cesarismo democrático – ¡qué bello nombre!-, que tiene una sonriente o adusta cara, según se trate, por ejemplo, de Berlusconi o de Uribe, no actúa como en tiempos antiguos de tiranías clásicas, dictaduras militares o autoritarismos cerriles.

Ahora todo es 'democrático', ambientado en una escenografía fascista, vulgar y ordinaria, como corresponde a la inverecundia tropical. Ya sin partidos, con Mesías, más la teoría del complot -al uso en estos días por las tesis obdulianas del uribismo científico- , en donde todo es atribuible a la 'oposición', ya están en marcha sentimientos viscerales y pasiones movilizadoras típicas del llamado 'Estado de Opinión', que hacen prescindibles las instituciones democráticas.

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