martes 12 de mayo de 2020 - 12:00 AM

Palabras inútiles

La “nueva normalidad” va por ahora en la ruta de la precarización y la pauperización de la vida cotidiana, y de aumentar aún más los modos de producción y distribución desigualitarios.
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Naomi Klein ya nos había ilustrado hace varios años sobre “el capitalismo del desastre” y la “doctrina del “shock”; en donde analiza con detalle cómo las políticas más autoritarias y tiránicas son impuestas, bien aprovechando un desastre natural, como un tsunami, un terremoto, o por causas naturales, como una pandemia, o sociales o políticas como una guerra; aun en los países más democráticos, o en la instauración de dictaduras, como la de Pinochet, o la caída de la Unión Soviética, o en la China post Mao. Ahora reflexiona sobre el concepto “nueva normalidad”, para algunos lo que queda después del desastre, o para otros un estado de redención paradisiaco. Pero Klein es muy realista y cree que la “normalidad” era –o es– la crisis. “Lo normal es mortal, la normalidad es una inmensa crisis.” Y se pregunta: “¿Es normal que Australia ardiera hace un par de meses? ¿Es normal que ardiera el Amazonas?”.

Después de todas las pestes históricas la sociedad y la civilización registra cambios graduales que pueden requerir décadas y hasta siglos; y ser capaces de modelar nuevos usos, costumbres y hábitos; modos de producir y distribuir la riqueza; modos de relacionarnos con el Planeta, para evitar la catástrofe definitiva del calentamiento global, más seria que todos los virus reunidos. La “nueva normalidad” va por ahora en la ruta de la precarización y la pauperización de la vida cotidiana, y de aumentar aún más los modos de producción y distribución desigualitarios. Superar el “shock” puede llevar a más violación de los derechos humanos, a estados de sumisión y humillación; pero también desatar movimientos de transformación, como el plan ya conocido de un grupo de economistas holandeses, o como las propuestas del presidente de gobierno portugués.

Post scriptum. Lamento la supresión de los caricaturistas –tan queridos y respetados como Kekar– primeros sacrificados de la crisis anunciada por Vanguardia, tal vez un problema de la “vieja normalidad”. Lo cómico es cruel y trágico, y nos descubre siempre una zona desconocida. La libertad de expresión no puede estar contenta.

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