martes 10 de septiembre de 2019 - 12:00 AM

Palabras inútiles

El caso de ‘Noticias Uno’ ilustra bien la mordaza que se nos vino encima; y no es un caso de correísmo, orteguismo, castrochavismo y otras malas hierbas, sino de legítimo ‘uribechavismo’
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Hay comparaciones que parecen exageradas, pero tienen un hilo lógico conductor que no se puede desconocer. Por ejemplo, hace 30 años se pretendió no censurar, sino silenciar para siempre a medios críticos como ‘El Espectador’ y ‘Vanguardia Liberal’, utilizando el terrorismo de los carros bomba; y de paso amedrentar a todo el sistema de medios de comunicación, y doblegar por medio del temor y del miedo a toda la sociedad. No lo lograron, y al contrario, el nivel de la crítica se fortaleció. Ahora los bombazos son de otro orden, comenzando con la reciente aprobación de la Ley 1978 de 2019, que permite controlar los contenidos de los medios mediante una poderosa maquinaria burocrática. Además están los artificios financieros, de mercadeo o los arancelarios —tipo Trump— para justificar toda clase de atropellos y arremetidas contra la libertad de pensamiento y expresión; también desatar campañas de descrédito, infamias e injurias, y de guerras judiciales contra medios y periodistas.

El caso de ‘Noticias Uno’ ilustra bien la mordaza que se nos vino encima; y no es un caso de correísmo, orteguismo, castrochavismo y otras malas hierbas, sino de legítimo “uribechavismo”, un claro ejemplo del espejo de doble faz de los populismos que nos aquejan. A Trump no le gustan los medios críticos y los llama “enemigos del pueblo”. La diferencia estriba en que en Estados Unidos, la gran solidez institucional y los derechos en serio son capaces de plantar cara al “emperador” y dejarlo al desnudo.

Un enorme ataque a la democracia es la Ley 1978, o al menos la deja muy empobrecida; se mantienen los medios democráticos como el sufragio, los referéndums para imponer el dichoso “Estado de opinión”, del que se han dado más pasos de los que la anestesiada opinión cree; una opinión social monetizada a la que no le interesa la calidad de la información, y es lo que le gusta y exigen los llamados “ratings” de audiencia, manejados por empresas del corporativismo financiero; que califican y descalifican con criterios y metodologías muy sofisticadas, lo que no las salva de la arbitrariedad.

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