domingo 28 de agosto de 2022 - 12:00 AM

El Instituto Caldas

Total, el rector terminó siendo mi acudiente en sexto bachillerato y ya no eran tan frecuentes los boleos de tiza, provocar apagones, la escondida de los cuadernos, el llevarnos los cuadernos de las compañeras para la casa....
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Columna de
Felipe Zarruk

Llegué al Instituto Caldas en 1975, colegio que conocía desde la ventana de nuestro vehículo familiar cuando pasábamos y paseábamos por ahí, mientras la mole de cemento dormía apaciblemente y sus vigilantes no eran otros que los cientos de árboles de bambú y caracolí, los cuales adornaban un plantel educativo fundado en 1952 y en el cual aterricé una mañana fría de febrero de 1975 por una decisión de mis padres, quienes me sacaron del Colegio Nuestra Señora del Carmen, propiedad de las ‘lolas’ Sarmiento. Sería tan brusco el cambio, que en el primer bimestre perdí como 10 materias y la paliza de mamá todavía duele.

Junto a Lázaro Soto (hermano de la bella Nini Johana) hicimos ochas y panochas, mientras don Carlos Gómez Albarracín no sabía qué hacer con nosotros y nosotros mientras tanto luchábamos por salvar el año, algo que tuvo un triste final para mí en 1976 cuando por culpa de matemáticas, el fútbol y la indisciplina tuvo un desenlace fatal: me tiré el año y luego del discurso sentido de papá y la fuetera de mamá, tocó repetir el año.

A medida que iba y volvía de Barranquilla, seguían llegando al colegio aquellos muchachos y muchachas quienes con el paso del tiempo se convirtieron en mis hermanos y hermanas de diferente placenta. Arribaron ‘el rolo’ Navarro, ‘el mijo’ Ducón, Oscar Uribe, ‘el abuelo’ Julio, ‘masato’ Estupiñán, ‘la mosca’ García, ‘el gato’ Loza y muchos más con los que la indisciplina y la recocha era pan nuestro de cada día y cuando nos quedaba tiempo ¡estudiábamos!; aunque debo aclarar que nunca más volví a perder una materia. Lo que sí me rajaba era la disciplina, todos los bimestres era lo mismo, entre regular y no satisfactoria.

Mis papás iban más al colegio que a sus oficinas. Un día mamá, cansada con tantas citas a rectoría y a prefectura le dijo al rector Juan B. Rebolledo con su marcado acento barranquillero: “Aquí le dejo este pelado de mierda, yo no vuelvo más, ¡ojalá se lo lleven para el ejército!” Total, el rector terminó siendo mi acudiente en sexto bachillerato y ya no eran tan frecuentes los boleos de tiza, provocar apagones, la escondida de los cuadernos, el llevarnos los cuadernos de las compañeras para la casa y presentarlos al otro día como si fueran nuestros para no rajarnos, en fin. Eran las mil y una pilatunas.

Hace una semana tuvimos un encuentro para celebrar 40 años de graduación y junto a 36 amigos y amigas del alma, hicimos una misa en el colegio, le regalamos una banca (por fin le dimos algo) y en medio de cenas y paseos, recordamos los momentos buenos, malos y feos. ¡Fuimos felices y sí que lo fuimos! “Viva siempre mi amado instituto, que a la ciencia le da plenitud, yo le canto con alma de alumno, que le quiere mostrar gratitud”.

Chao y hasta la próxima.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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