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Felipe Zarruk
Sábado 14 de enero de 2023 - 12:00 PM

Gabriel Carrillo es una fiera

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En el año 2001, el Atlético Bucaramanga era de unos mexicanos y de unos argentinos muy extraños, quienes le vendieron el equipo a Luis Fernando Yepes en mil ochocientos millones de pesos. Yepes era un ‘empresario’ antioqueño metido en el fútbol y cuando llegó a la Dimayor en busca de ayuda, el presidente de Santa Fe Hugo Prieto le recomendó sin dudarlo a Gabriel Carrillo, quien durante muchos años trabajó en el onceno capitalino.

Prieto le dijo a Yepes: “ Esa es la fiera que usted necesita allá, Carrillo sabe cómo se maneja un equipo de fútbol”. Gabriel había dejado de lado sus estudios de medicina y administración de empresas para irse detrás del fútbol y en Santa Fe conoció dirigentes de la talla de Guillermo ‘Chiva’ Cortés y César Villegas, con los cuales se fue acercando para estudiar de cerca el corazón, los intestinos y la anatomía de un equipo de fútbol profesional.

Gabriel aterrizó en Bucaramanga en julio de 2001 y encontró un equipo que iba en picada para el descenso, como en efecto sucedió luego de la salida de Jorge Luis Pinto y la llegada de varios técnicos que no pudieron salvar un barco al cual le entraba agua por la proa y por la popa. Contrataron a Alexis García y en un triangular que se realizó en Cartagena, gracias a los buenos ‘oficios’ de Juan José Bellini, se mantuvo la categoría con aquel famoso penal ejecutado por el portero uruguayo Leonel Rocco.

A partir de ahí, Carrillo tomó las riendas del Atlético y armó un tremendo plantel para el 2002, el cual incluyó a grandes jugadores como Juan Carlos Henao, Herman ‘Carepa’ Gaviria, Orlando ‘Pony’ Maturana y Orlando ‘Fantasma’ Ballesteros, entre otros.

Hizo una llave extraordinaria con Reinaldo Amaya Mantilla, a quien sus genes le indicaron que debía ser el presidente del Atlético y con ellos estaba don Juan Fajardo como vicepresidente. Ese año el dirigente bogotano se metió a las oficinas de Freskaleche, sin que nadie lo conociera, y consiguió el patrocinio de esa firma, el cual se ha mantenido por muchos años. Puso al Bucaramanga a pelear los torneos y luego se marchó al Real Cartagena, al cual ascendió y llegó a la final del torneo colombiano contra el Deportivo Cali.

Se marchó para Barranquilla y armó el proyecto de la Universidad Autónoma del Caribe y logró el ascenso del onceno barranquillero junto a Willy Rodríguez y a mi hermano Roberto. Después se fue hasta Montería y allí le dio vida a los Jaguares de Córdoba y los metió a participar en la Copa Sudamericana.

Gabriel es un hombre de overol y botas pantaneras, comprometido con las causas que emprende. Era normal verlo desde las cinco y media de la mañana en las sedes de los equipos, pendiente de la hidratación y alimentación de los jugadores; hombre recto en el manejo de los dineros de los clubes para que el plantel estuviera al día con los pagos de sus salarios y sus premios.

Se ganó el respeto en la Dimayor gracias a su seriedad y a sus conocimientos en la materia. Tanto es así que hoy en día está manejando al Club Delfines de nuestra ciudad junto a jóvenes empresarios como Pike Díaz y Carlos Serrano. Vaya nuestro abrazo para él, quien ha sido León, Leopardo, Jaguar y Delfín. Esos son los directivos que necesita el fútbol. Chao y hasta la próxima.

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