domingo 26 de noviembre de 2023 - 12:00 AM

Felipe Zarruk

Timoteo Gordillo 24-41

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Columna de
Felipe Zarruk

Este es el nombre de la calle y la nomenclatura exacta de la casa de don Américo Montanini y doña María Ruetti, los padres del jugador más genial que vino al Atlético Bucaramanga: Américo José Montanini.

A esa vivienda ubicada en el barrio Mataderos que pertenece a la comuna 9 de la ciudad de Buenos Aires la visité en dos oportunidades, porque era mi deseo saber en dónde creció y jugó a la pelota un diminuto interior izquierdo quien algún día caminando por las calles de su ciudad natal de la mano de su padre vio un afiche que decía: “Atención, el Club Atlético River Plate se permite informar que están abiertas las convocatorias y las pruebas para chicos nacidos en 1933. Favor inscribirse y presentarse en el mes de octubre en las canchas del club con el profesor Carlos Peucelle. Atentamente Antonio Vespucio Liberti Presidente”.

Cabe anotar que Peucelle, quien fue un extraordinario puntero derecho del onceno de la banda roja, se retiró en 1941 y en 1950 dirigió al Deportivo Cali; mientras que Antonio V. Liberti fue presidente del equipo ‘millonario’ durante 20 años, tal vez el presidente más importante de su historia y por este motivo el estadio Monumental lleva su nombre.

Américo estaba en el colegio ubicado al frente de su casa y cuando atravesó la calle y entró a su residencia, su mamá lo estaba esperando con un telegrama en la mano el cual lo invitaba a entrenar con la novena de River. Peucelle lo volvió a ver aquella tarde y quedó maravillado con lo que hacía aquel chiquitín que venía de un barrio de calles empedradas y guayacanes amarillos que le mostraban en primavera una floración que dejaban entapetados los adoquines en los que Américo dominaba con destreza un balón de cuero.

Se iba en el tren de la mañana con el fiambre, unos sándwiches de miga que le preparaba doña María y luego del entrenamiento debía caminar y tomar el tren de la tarde que lo dejaba en Mataderos. Américo dormía durante el recorrido y al despertar miraba por la ventana de su vagón los paisajes de una ciudad que crecía cada vez más. Soñaba con integrar la delantera de River, la famosa y recordada ‘Máquina de River’ que tenía a Muñoz, a Moreno, a Pedernera, a Labruna y a Loustau. Las casualidades que tiene la vida, porque años después el maestro Adolfo Pedernera fue padrino del matrimonio de Américo con doña Gloria Hinestroza. Y como si fuera poco, técnico de él en América de Cali.

Montanini escaló las divisiones menores del equipo riverplatense y vino de gira con su equipo a Colombia en 1954. Enfrentaron al Cali y al Santa Fe. Dejaron maravillados al público y a los periodistas que cubrieron aquellos partidos. Jugaba al lado del ‘cabezón’ Sívori y dejaban a los rivales con dolor de cabeza ya que no los podían controlar. Tuvo una lesión grave en su columna vertebral, tenía 21 años y estaba a punto de jugar en primera. Heredó el trabajo de su padre en el frigorífico y dos años después una palmada en el hombro le cambió la vida para siempre. Era Felipe Stemberg quien lo invitó a que viniera a jugar a un equipo de Colombia, el Atlético Bucaramanga. La respuesta del ariete argentino fue negativa. ¡No había tocado un balón en dos años! Felipe fue hasta su casa y le dijo que de ahí no se iba a mover hasta que su respuesta fuera positiva. A Américo le bastó una tierna mirada de su mamá y de su única hermana. Empacó la maleta y se vino. Esa recordada maleta que se perdió en el Aeropuerto Gómez Niño y la cual fue recuperada por Manuel José Puyana.

Debutó el 16 de septiembre de 1956 ante el Tolima, hizo el gol del empate, y desde esa tarde nunca dejó de anotar goles y convertirse en dos oportunidades como el máximo artillero del fútbol colombiano. Desde ese domingo, todas las miradas estaban puestas en ‘la bordadora’ Montanini, quien eludía a sus rivales, los dejaba sentados, se les colaba como el viento a través de los anjeos, su pique corto los dejaba sin reacción, saltaba como un grillo en las canchas con poca grama, era un torbellino de buen fútbol, sacudía redes, la pelota le hacía caso, ¡nunca le desobedeció! La trató con cariño, con respeto, el mismo cariño y respeto que la gente le regaló gracias a su amor por una humilde divisa, por el afecto paternal que tuvo para con una numerosa y sufrida hinchada.

Te marchaste sin despedirte, porque los grandes no se despiden, los grandes se quedan para siempre en el corazón. Fuiste grande en el fútbol a pesar de ser un diminuto delantero. Tu humildad era pequeña, con una sencillez más diminuta que tu humildad. Te fuiste sin afanes, caminando lento y encorvado, sin dolor y sin bastón. Sonó el silbato y acudiste a la convocatoria celestial, sin driblar obstáculos; pasaste derecho al camerino en donde te estaban esperando tus amigos con los cuales jugaste a la pelota, con los que te divertiste hasta más no poder. Esa partida causó dolor y llanto, pero estoy tranquilo porque algún día nos volveremos a ver en la calle Timoteo Gordillo 24-41. Quiero asegurarme de que estás feliz jugando con un balón en esas calles empedradas. Descansa en paz querido Américo, te extrañaremos y amaremos hasta el día en que nos volvamos a encontrar.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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