sábado 23 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

El derecho a la protesta

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Son varias las reflexiones que nos suscita la marcha bautizada como N21 que tanto temor y expectativa generó en el Gobierno y en los ciudadanos. Las protestas en todo el mundo tienen distintos orígenes, la mayoría de ellas se origina en las necesidades. Una cosa es protestar buscando soluciones a los problemas y otra distinta el vandalismo y la destrucción. Los vándalos buscan desestabilizar, no quieren que los problemas se solucionen para que la inconformidad persista. El día que perdió la presidencia, Gustavo Petro anunció que mantendría a su gente agitando en las calles y ha cumplido. Pero el Gobierno tuvo claro que la marcha pacífica de ninguna manera legitima la violencia y decidió proteger tanto a quienes protestaron pacíficamente, como a quienes dedidieron trabajar y no marchar, actuando con contundencia para controlar y rechazar los ataques contra bienes y personas.

No nos sucedió lo mismo que a Ecuador, Chile o Bolivia. El Embajador de Alemania opinaba antes del paro, que Colombia es distinta, porque tiene una cultura del diálogo mucho más desarrollada de lo que nosotros mismos reconocemos, a diferencia de nuestros vecinos acostumbrados a gobiernos más represivos. Afirmaba que las sociedades incluyentes y dialogantes son las que salen mas fortalecidas de esos procesos y no deberíamos temer que la protesta desestabilizara al país. Razón tenía.

Por eso es positivo que el Presidente Iván Duque haya salido de inmediato a afirmar que su Gobierno escuchó atentamente la voces de los que expresaron sus legítimas aspiraciones, al tiempo que los miembros del Comité Organizador del N21 pidieron sentarse a dialogar con el Gobierno. Gran oportunidad para el anunciado Pacto por Colombia.

Finalmente, esta marcha perdió contundencia en el mensaje porque se le colgó todo, sus motivos fueron variopintos, cualquier inconformidad era un motivo. Aupados por la oposición, buscaban adjudicarle a este Gobierno los errores y falencias acumulados por décadas.

En este sentido, N21 contrasta con la marcha del 2008 que sí tenía un mensaje claro, inequívoco y unívoco: No más FARC. Su derrota en las urnas es el resultado.

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