sábado 10 de abril de 2010 - 10:00 AM

El desafío de Mockus

Las expectativas de Fajardo frente a su aspiración presidencial no facilitaron su acercamiento con los tres ex alcaldes de Bogotá, en el buen propósito de aunar esfuerzos ante las visibles afinidades ideológicas y, sobre todo, sus identidades respecto a los principios y valores que deben inspirar el ejercicio de la política.

Al parecer, el resultado de las elecciones parlamentarias -que no favoreció a Fajardo, en contraste con el buen suceso para los verdes- sirvió, sin que se lo hubieran propuesto, de mecanismo de consulta entre él y Mockus. Con criterio realista, el ex alcalde de Medellín reconoció que aún no había llegado su momento y que su futuro tendría que construirlo acompañando a quien se perfila como nueva y promisoria alternativa política. En esta alianza se suman relevantes valores: talento, conocimiento, ética y exitoso y trasparente ejercicio del poder; ambos dejaron su impronta en Bogotá y Medellín y están habilitados para irradiarla sobre toda la geografía nacional. Es un pacto que el país nacional esperaba ahincadamente: la unidad por semejanzas no por el cálculo oportunista de las conveniencias coyunturales, que constituyen el pan de cada día de políticos expertos en maniobras electorales.

Los antecedentes son inmejorables: ni Mokus ni Fajardo llegaron a sus  alcaldías sustentados en maquinarias electorales, ni para ejercer el mandato ciudadano se doblegaron a las exigencias burocráticas, ni entregaron la contratación a los concejales de turno. Devolver lo que no se gastó en la campaña prueba  su talante moral.

Aunque en política no siempre prevalece la lógica, el rumbo que han tomado los acontecimientos permite predecir que en el final del proceso eleccionario estarán Mockus y Santos definiendo la suerte de la presidencia para el próximo cuatrienio.

Si Mokus obtiene el favor de las mayorías, asistiremos a un acontecimiento inédito: la franja de opinión independiente, tradicionalmente escéptica y esquiva ante las urnas, estaría derrotando al poder, hasta ahora irresistible, de las maquinarias políticas, y con ello se vislumbraría un nuevo amanecer para nuestra frágil democracia. Si se impone esta nueva forma de hacer política, habrá menos espacios para la corrupción y sus implacables secuelas: el subdesarrollo, la ignorancia y la pobreza.

 

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