miércoles 04 de marzo de 2009 - 10:00 AM

El hombre y las instituciones

Cuando la organización estatal está bien diseñada, las instituciones están llamadas a tener esa vocación de permanencia que les permite proyectarse en el tiempo; su reforma sólo se justifica cuando han perdido la aptitud funcional para manejar los asuntos que constituyen su razón de ser en el complejo accionar del Estado.

Por ello es preciso distinguir entre la falla estructural de una entidad, que amerita su reingeniería, de las distorsiones malévolas que se generan por cuenta de la conducta humana, lo cual suele ocurrir cuando se pervierte el sentido del servicio público al sustituirlo por expresiones non santas del interés particular.

Los recientes episodios criminosos acaecidos en el DAS, mediante abusivas interceptaciones telefónicas que vulneran la libertad y la intimidad de las personas, dejan en evidencia el deterioro moral de quienes pusieron al servicio de intereses oscuros lo que está instituido para defender a la sociedad del crimen organizado. He ahí la gran paradoja: no pueden fungir como contraparte de la delincuencia quienes se envolvieron con el mismo ropaje.

Aventuro una conclusión que me parece obvia: el perfil moral de los autores de la maniobra delictiva es francamente deplorable; pero también es visible la debilidad del sistema, porque allí todo es precario: los métodos de selección del personal para tan delicada misión; las líneas de coordinación administrativa; los mecanismos de control interno. Todo hay que recomponerlo, porque el pecado es del hombre pero la institución es frágil y vulnerable.

Comprensible, sólo como medida de transición, el traslado a la policía de las cuestionadas funciones -cuando la autoridad judicial requiera ese servicio-, porque si no fuere una medida temporal equivaldría, no a la venta del sofá, sino a un simple traslado de éste, a un salón donde, a juzgar por los antecedentes, no se le ha dado buen uso a esa importante herramienta; bastaría con recordar la copiosa lista de Generales retirados por la misma causa.
 
Los servicios de inteligencia son imprescindibles para el buen suceso de la política criminal, pero con exigentes estándares éticos y con una estructura administrativa que garantice su autocontrol. De lo contrario, seguiremos asistiendo a la misma pesadilla que se repite sin fin.

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