miércoles 12 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

Individualismo y colectivismo

Todos los seres humanos tenemos una identidad que nos hace únicos e irrepetibles: cada quien ha recibido del Creador talentos, dones y habilidades; por eso el primer desafío del hombre es descubrirlos y en función de ellos construir y proyectar su existencia. Pero la afirmación de su individualidad no puede confundirse con esa expresión deformada y estéril que es el individualismo, cuyo talante no es el desarrollo de su personalidad, sino el cultivo malsano de la dimensión de su egoísmo.

En la otra orilla, quienes han pretendido neutralizar el individualismo bajo una falsa comprensión de la igualdad, han diseñado sistemas colectivistas que conducen a la masificación del hombre y a la destrucción de su individualidad. Su arquetipo es el hombre estándar: piensa igual, siente igual y tiene el mismo proyecto de vida, y para hacer más visible su pertenencia a una producción en serie, su vestuario tiende a uniformizarse.

En ninguno de esos dos escenarios extremos puede florecer una sociedad equilibrada y sostenible: el primer modelo, por su inspiración insular y egoísta desarticula y enrarece la vida social organizada; la segunda propuesta disminuye al individuo y cercena su ingenio creador y su potencial desarrollo personal.

En el individualismo reside la razón esencial de las crisis recurrentes del sistema capitalista, porque pese a su capacidad para generar riqueza ha carecido de la necesaria sensibilidad para redistribuirla, y la ausencia de ésta no propicia equidad social ni engendra felicidad en los pueblos.

En la pretendida estandardización del hombre -a contrapelo de su naturaleza- subyace la explicación fundamental al fracaso de las soluciones socializantes de corte colectivista.

El momento crucial que sufre la economía del mundo es el resultado lógico de una concepción anclada en el egoísmo a ultranza, donde no hay espacio para las expresiones solidarias, donde el hombre isla olvida que si bien su peculiaridad lo hace único, está inmerso en un todo, y ésta es una unidad edificada sobre la diversidad, y sólo allí es factible su crecimiento, con sentido de vida, en armonía con el universo y con su propia vocación, porque no es la plenitud, simplemente hace parte de ella.

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