sábado 07 de febrero de 2009 - 10:00 AM

La Sucesión Presidencial

No cesan las críticas ante la falta de decisión explícita del Presidente sobre su eventual participación en la elección de 2010: en la oposición suscita malestar la certeza de la derrota si Uribe participa; les queda muy difícil competir con su incontrastable arraigo popular. En las toldas de la coalición uribista, quienes aspiran a sucederle han dejado traslucir su nerviosismo, pues si aquel no despeja el camino, no hay opción para ellos.

Los problemas de la reelección no están en las urnas sino en el Congreso y en la Corte, porque con la desbandada de Cambio Radical no está asegurada la aprobación de la ley del referendo; tampoco es fácil coronar con éxito el exigente filtro de constitucionalidad, máxime cuando debe superar dos complicados premios de montaña: lograr que se revalúe la jurisprudencia de la Corte, en el sentido de que una segunda modificación constitucional para viabilizar la reelección presidencial no es jurídicamente factible, pues su reiteración implicaría sustitución de normas constitucionales; pero además debe sortear, en esa instancia judicial, el no menos espinoso tema de las modificaciones, en el Congreso, al texto original de la propuesta, para posibilitar la reelección en el 2010.

En un enrarecido clima de polarización política, ante tantos escollos de difícil pronóstico, perseverar en un nuevo ajuste constitucional para allanar el camino de la reelección, no conduce a un buen suceso ni para el país ni para el Presidente.

Ya es hora de pasar de las ambigüedades a las definiciones, consolidar la seguridad democrática y propiciar su continuidad con un sucesor que comparta la bondad de convertir esa política de gobierno en un propósito de Estado y que, además, reconozca que lo social siempre es la prioridad.

A la vista hay excelentes candidatos, con buen equipamiento intelectual y moral: Sergio Fajardo, Rodrigo Rivera, Noemí Sanín y Germán Vargas, los demás, incluidos los de la oposición, seguramente son habilidosos políticos, pero no son estadistas, y por definición la dirección del Estado es asunto que concierne a éstos, mas no a los componedores electorales, respaldados en maquinarias politiqueras, que generan clientelismo, corrupción y sus inexorables secuelas: la violencia y la descomposición social.

Publicado por
Lea también
Publicidad
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad