sábado 17 de octubre de 2009 - 10:00 AM

Los conflictos de opinión

Independientemente de su condición empresarial, como fuente generadora de trabajo y riqueza, la misión esencial de un periódico es ofrecer un escenario que satisfaga la necesidad social de información y la libre expresión del pensamiento, en el propósito irreductible de construir opinión pública.

Es comprensible que no coincidan los criterios de la dirección de un periódico con los de sus columnistas. Su coexistencia pacífica habla bien de su espíritu pluralista y de su sentido democrático; las exclusiones lo encierran en su ámbito y pierde el contacto con la realidad, que le permite mantenerse vigente. Los medios sintonizados con el mundo exterior se sienten cómodos compartiendo la diversidad, porque allí reside su fuerza vital.

El asunto cambia de tono cuando el columnista cuestiona al periódico por el manejo de los temas noticiosos y por sus juicios sobre los mismos, mediante un estilo agresivo y desobligante, como ocurrió en la última columna escrita por Claudia López en El Tiempo.  Sus desafiantes acusaciones estaban llamadas a generar una airada reacción, que pudo haberse expresado, así: 1) No se publica la columna y se cancela la participación del columnista.  2)  Se publica, se da respuesta, pero se excluye al columnista.  3)  Se publica, se confronta la crítica del periodista y no se excluye su participación.

La primera opción revela un alto grado de intolerancia, prepotencia y temor al debate público. La segunda solo acepta la crítica a medias, pues si bien publica el artículo y da  respuesta a los cargos, lo cancela como colaborador y elude profundizar en el debate.  Su fundamento: a ningún invitado le es dable insultar al dueño de casa. Fue la decisión de El Tiempo. La tercera denota un atildado talante periodístico, porque recibe la crítica y asume su defensa como si fuera un tercero, despojado voluntariamente de su prerrogativa como dueño del periódico, sin exclusión alguna, demostrando que hay apertura intelectual y que no se practica la censura. Mis preferencias están a favor de este último tratamiento, porque, haciendo abstracción de la persona  -así no nos suscite simpatías-  es una respuesta anclada en los valores democráticos, pues demuestra que no hay espacios vedados para la controversia de las ideas.

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