sábado 10 de octubre de 2020 - 12:00 AM

Una experiencia de virtualidad

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No hubo tiempo para pensarlo ni decirlo y mucho menos para prepararnos. La pandemia transformó de manera profunda las rutinas académicas de los docentes en todos los niveles del sistema educativo. Con el paso de la presencialidad a la virtualidad aparecieron diversos y complejos problemas que demandaron creatividad, iniciativa y una gran disposición hacia el aprendizaje por parte de profesores y estudiantes. Aprender se convirtió en una tabla de salvación contra el confinamiento.

Presento a continuación una reflexión acerca de los retos, las exigencias y sobre todo la incertidumbre que conlleva pasar, de la noche a la mañana, de ser profesor de aula a la modalidad virtual, desde mi experiencia como profesor universitario.

El primer reto consistió en planear cada clase pensando en no sobrecargar a los estudiantes de contenidos ni de trabajos agotadores, pero, también, diseñar actividades exigentes y retadoras, donde el aprendizaje fuera el resultado de activar los recursos cognitivos y argumentativos de los estudiantes. La planeación de las clases estuvo orientada por los saberes esenciales como garantía del desarrollo de las competencias que configuran el perfil profesional.

En cada sesión se destinaba un tiempo de 15 minutos para hablar del miedo y del humor; de la incertidumbre y de la poesía; de la fragilidad humana y de la belleza de los atardeceres de los pueblos de la Cordillera oriental.

La necesidad de salvar la distancia nos llevó a abrir múltiples canales de comunicación, tales como, Moodle, sala Zoom, grupos de WhatsApp, correo electrónico y el teléfono móvil; aun así, en ocasiones se perdía la comunicación con los estudiantes, por falta de fluido eléctrico en varias zonas rurales del departamento de Santander.

Los errores tradicionales de la evaluación, entendida como control de lectura y sustentada en la paranoia profesoral de la copia, se superaron acogiendo los principios de la evaluación diagnóstica formativa: desarrollo de procesos reflexivos y críticos, confiar en los estudiantes y valorar la coevaluación y la autoevaluación como herramientas para promover el pensamiento crítico. Creo que esta decisión fue un acierto.

A pesar de todo el esfuerzo, los estudiantes están amenazados por el miedo, la incertidumbre y la pregunta de cada día: profe, ¿cuándo regresamos a la U? Pregunta para la cual aún no tenemos respuesta.

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