domingo 16 de agosto de 2009 - 10:00 AM

Derecho a la claridad

Cuando se aprobó entre vítores y voladores la constitución del 91, en mis columnas predije que sería una carta de vigencia precaria, que entraría pronto en un vértigo de cambios, necesarios algunos, producto otros de las propias fallas estructurales de la ley de leyes.

Lamentablemente no me equivoqué. La carta adoleció de una espina dorsal sólida, consiste en una filosofía política definida al estilo de su predecesora de 1886, que por algo registró una vigencia de ciento tres años. Lo aconsejable hubiera sigo que la Asamblea constituyente hubiera tenido facultades para reformar la del 86, no para sustituirla. La creación de tres cortes ha sido causa de múltiples conflictos entre los organismos del poder judicial y de cada uno de ellos con el ejecutivo y el legislativo, de los cuales se ha derivado una desorientación general de la opinión pública, de los partidos y grupúsculos políticos como no habíamos experimentado en momentos algunos de nuestra historia reciente. Las reformas introducidas a razón de una por año, lejos de perfeccionar el instrumento fundamental de la estructura del Estado, han contribuido a debilitarlo.

De los dos partidos históricos, propios de las democracias maduras, se pasó a los movimientos caudillistas y populistas, simples aglutinamientos de conveniencia en su mayor parte carentes de un ideario y más aún de cualquier programa de gestión. Promeseros de vivienda, salud, bienestar, igualdad o al menos justicia distributiva, una auténtica reforma agraria y otra, aún más profunda, de orden político, no inspirada en conveniencias electorales sino las grandes fallas que los colombianos tenemos ante los ojos y nada podemos hacer para remediar.

La dramática inconsistencia de los partidos prohijada por actos legislativos reformatorios de la Constitución, han desinstitucionalizado esos baluartes de la democracia. Se cambia de partido como de corbata según el juego electoral. ¿qué solidez puede dar este 'voltearepismo' a partidos que hoy son y mañana desaparecen o se funden con otros según los vientos del juego electoral.

Tenemos derecho a la claridad. La confusión es madre del desorden y éste del caos. Si la Constitución no nos la puede brindar y los altos poderes del Estado la oscurecen, de quién podemos esperarla.

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