sábado 16 de marzo de 2019 - 12:00 AM

Por la vida, por

Hoy, después de unos 70 años desde los comienzos de la llamada “revolución verde”, sigue vigente la creencia de que para alimentarnos es necesario practicar el tipo de agricultura que todavía consideramos moderna: monocultivos extensivos y mecanizados, agroquímicos y semillas transgénicas. Puede ser difícil de aceptar, pero nos hemos equivocado. Hasta las Naciones Unidas ha dictaminado que la única manera de alimentarnos a futuro va a ser a través de pequeños agricultores. Los saberes desarrollados en la agroecología serán fundamentales.

El relato de la revolución verde, como todo paradigma, sufre de puntos ciegos. Para referirnos solo a uno: nos hemos dedicado a envenenar insectos sin ver que son fundamentales para nuestra supervivencia. No habíamos percibido la importancia de la salud de los suelos, basada en un normalmente riquísimo hábitat de múltiples organismos que fomentan la disponibilidad de nutrientes, regulan la materia orgánica en la tierra y el almacenamiento del agua, modificando su estructura física. Inicialmente, los métodos de la agricultura industrial parecían mejorar la productividad; hoy, aniquilada la vida, quedan anuladas estas mejoras por la degradación del suelo resultante. Ni hablar de la importancia de las abejas para la polinización, un tema más conocido. Impedidos por una arrogante ignorancia, solo ahora vemos los letales efectos de nuestras acciones. Como titula el New York Times: el Apocalipsis de los insectos ya está aquí.

Desde este punto de vista resulta grotesco un equipo de Gobierno que todavía defiende, ya no solo la agricultura industrial, sino desatinos como la aspersión con glifosato o el fracking. El glifosato no debería considerarse como opción, de ninguna manera, ni siquiera si tuviera algún chance de acabar con las siembras ilícitas. En un momento de alarma global la prioridad es no seguir rociando venenos. El Gobierno colombiano va a contracorriente del cambio necesario. Seguiremos rodando hacia el abismo si seguimos votando a personajes que triunfan con sus lemas de miedo, distrayendo de sus políticas continuistas, desbocadas en codicia e incrustadas en ideologías caducas.

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