miércoles 21 de enero de 2009 - 10:00 AM

Oasis

Una persona en extremo atormentada le dijo a un sabio maestro que había decidido irse a vivir a otra parte en búsqueda de tranquilidad.

El maestro la miró compasivamente y le contó esta historia: Hace años existió un monje que vivía en un sitio desértico, cerca de otros eremitas.

Acosado por las tentaciones tomó, un día, la decisión de abandonar el lugar e irse a otro paraje.
Cuando estaba calzándose las sandalias vio al lado de él a otro monje que también estaba ciñéndose las sandalias.

¿Quién eres tú?, le preguntó con curiosidad y recibió esta respuesta: Soy tu yo y si es por mí que vas a dejar este lugar, debo hacerte saber que vayas donde vayas estaré contigo.

El monje se sentó entonces a meditar y recordó lo que le había dicho hace años un santo anciano: 'Todo lo que buscas está dentro de ti y sólo hay una persona que puede apartarte de la luz y de Dios: tú mismo'.

Los problemas casi nunca son topográficos, son anímicos y la salida está en cambiar de corazón, no de lugar.

A un monarca le contaron que en cierta aldea vivía un hombre sabio rodeado de muchos discípulos.

Un día el rey decidió disfrazarse, viajó a aquella aldea y le preguntó al sabio: - Quiero que me digas cuáles son esas valiosas enseñanzas que trasmites a tus discípulos.

- Son únicamente dos, repuso el maestro: amar a Dios con todo el corazón y lavarse bien la parte trasera del cuello.
El monarca no salía de su asombro y no veía ninguna conexión entre ambas cosas y la sabiduría.
- Lo primero lo entiendo, dijo, pero ¿qué fin tiene aprender a lavarse esa parte del cuerpo?
- Así, con algo tan curioso, valoran lo invisible, van a la esencia y descubren el mundo de la interioridad y lo fundamental.
Las personas buscan respuestas en lo exterior, pero lo que vale sólo se ve con los ojos de alma. Es un rito para ir más allá de lo aparente y ver lo que pocos ven.

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