viernes 25 de septiembre de 2009 - 10:00 AM

Cultura de la corrupción

Los complejos problemas judiciales de un notable senador santandereano, nos hacen reflexionar sobre la cultura de la corrupción y los limites que se han establecido a la moral. Un ilustre expresidente decía, con un excesivo empirismo, que en Colombia deberíamos reducir la corrupción a sus justas proporciones.

Tal vez en esa época la frase en mención tuviera alguna aplicabilidad, pero hoy en el siglo XXI esa afirmación es una verdadera entelequia. Las proporciones de la inmoralidad han llegado a tal dimensión, que podemos decir que se da a todos los niveles y ya ha formado una verdadera cultura.

Algún día recorría la bulliciosa calle 35, en el sector donde funciona un verdadero 'mercado persa' cuando se me acerco un viejo amigo entre sorprendido y preocupado y me dijo con ademan lastimero: 'como le parece el grado de corrupción al que hemos llegado, ya para los contratos no cobran el 20%, lo legal, sino que están pidiendo el 30%.' Yo lo corregí tímidamente y le dije 'que de ninguna manera el 20% era legal, que eso constituía un delito que se bifurca en dos tipos penales el cohecho y la concusión.' Mi perplejo amigo me miro con pesar y con voz profesoral me increpó diciendo: 'que horror, me extraña que usted siendo abogado no sabe que lo legal es el 20%.'

Para completar mis reflexiones, la semana pasada comentaba con un taxista las dificultades de nuestro inefable senador y el distinguido conductor esbozó un argumento que debe ser motivo de gran preocupación. Sostuvo su conformidad con los funcionarios y parlamentarios que desvían dineros ilegalmente a su favor, pero que el problema grave consistía en lo exagerado de la maniobra del vicepresidente del partido Conservador. Es decir, que el cohecho y la concusión serían conductas reprochables únicamente cuando 'se les va la mano'.  

La conclusión que debemos sacar es que ya estamos enredados en una cultura de la corrupción. Desde la más tierna infancia los colombianos aspiran a conseguir dinero por cualquier medio. Y apropiarse del dinero de los impuestos recaudados a todos los colombianos no es considerado como conducta reprochable. Y si no le ponemos freno a esta situación la administración pública terminará siendo un verdadero juego de abalorios. Por otro lado, debemos empezar hacer correcciones, inicialmente con el financiamiento total de las campañas y una acción punitiva muy eficaz contra quien desvíen dinero del Estado. Pero para eso, es preciso empezar por educar a los niños en una cultura de la anticorrupción.

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