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Gustavo Galvis Arenas
Jueves 18 de enero de 2024 - 12:00 PM

Le dedico mi silencio

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Leímos con deleite la más reciente novela del Nobel Mario Vargas Llosa, quién próximo a cumplir sus 88 años nos demuestra con esta obra, que su paso por el mundillo de la farándula española tras ocho años de su sonado noviazgo con la reconocida socialité hispanofilipina Isabel Preysler, afortunadamente no hizo mella en su brillantez literaria.

Encontramos intacto su impecable sentido del ritmo narrativo en cada página de “Le dedico mi silencio”. Así mismo, su acostumbrado rigor con los datos y referencias, y -sobre todo- la fluidez de unos diálogos limpios, profundos y creíbles. Reconocimos en cada letra la característica atmósfera de la obra de Vargas Llosa en la que nos sentimos cómodos y esos personajes urbanos a los nos tiene acostumbrados.

Esta novela gira en torno a Toño Azpilcueta, un escritor frustrado y delirante a quien de vez en cuando le publican sus columnas sobre música popular en el último rincón de la sección cultural de periódicos que muy pocos (o quizás nadie) leen, y su obsesión por construir una idea de país a partir de la inmensa riqueza de esa música criolla que se forjó en los callejones de las ciudades (los valsecitos peruanos, las marineras y las polcas): Esa era su utopía. Sobre este eje propone diferentes tesis sobre la “huachafería”, un término que según afirma el autor proviene del colombianísmo “guachafita”, pero que allí se convierte en la exaltación de los valores intrínsecos de la peruanidad, como una variante de algo parecido a (pero mucho más arraigado y digno que) la cursilería, el arribismo, la “chulería” española, o la “lobería” colombiana, que en Perú gobierna sin distingos y en todos los niveles, la forma de hablar, de sentir, de expresarse, de vestir y permea todo, la cultura, la música, la política y la sociedad, y de allí su poder unificador, cohesionador y democrático para la construcción de su utopía.

El autor y la editorial (Alfaguara) decidieron ilustrar la carátula del libro con la famosa obra “Los Músicos” del maestro Fernando Botero, y a los pocos días el célebre pintor (por demás, muy cercano a Vargas Llosa y cómplice en su afición taurina) falleció. Una semana después, la Casa Christie’s de Nueva York subastó el original de ese cuadro con sus nueve músicos y un loro, en algo más de cinco millones de dólares. En el summun de la puesta en escena y de la inspiración creadora de los conciertos y -según Vargas Llosa- de las corridas de toros, se produce en el auditorio o en la plaza un silencio absoluto, sobrecogedor, único, mágico, incomparable e indescriptible... De ahí: “Le dedico mi silencio”.

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