martes 14 de octubre de 2008 - 10:00 AM

Menos capitalismo salvaje

El derrumbe de la Unión Soviética fue considerado como la defunción del comunismo y el triunfo indiscutible del modelo capitalista;

se consolidó la economía global de mercado, se multiplicaron las empresas multinacionales, los poderosos bancos de inversión con directores exitosos que como 'reyes midas' inventaban novedosos productos financieros de rentabilidad fabulosa para los dueños del capital.

Nadie que fuera de visita a New York podía dejar de conocer el sector de Wall Street, el santuario o símbolo del capitalismo donde opera la famosa Bolsa de Valores de la capital de mundo, donde están las sedes de las entidades financieras otrora más poderosas del planeta. Ningún turista dejaba de retratarse junto al imponente toro de bronce que en actitud resuelta y vigorosa simbolizaba la fortaleza del sistema financiero de los Estados Unidos. Llamaba la atención el desfile de limusinas oscuras, símbolos de poder y éxito, trasportando a 'los genios' de las finanzas mundiales.

Hoy, después del colapso del sistema financiero mundial no debe creerse que es la muerte del sistema capitalista en general, pero sí es la agonía del llamado capitalismo salvaje, el que cree que las fuerzas del mercado lo resuelven todo, el de los yuppies expertos en finanzas, arrogantes, fríos, codiciosos al extremo, los que creen que el fin justifica los medios, los abanderados del neo liberalismo del laissez faire, laissez passer, del dejar hacer, dejar pasar, a costa de lo que sea.

Se espera que vuelva el talante del 'capitalismo con rostro humano', de la 'economía ecológica y social de mercado' abanderada después de la segunda guerra mundial por Alemania y Suecia principalmente. Es el regreso a la ortodoxia y prudencia del sistema financiero y a los rígidos modelos de regulación, vigilancia y control por parte del Estado que devuelvan la confianza a inversionistas, ahorradores y consumidores.

Bienvenido un sistema capitalista menos voraz y codicioso, que piense más en los pobres, con empresas y corporaciones que practiquen la responsabilidad social empresarial, que apliquen códigos de ética y buen gobierno, que respeten y valoren a sus clientes internos los empleados y a los externos los consumidores y que trabajen en pro de su entorno social y ambiental.

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