sábado 23 de marzo de 2019 - 12:00 AM

Una perfecta alegoría

Aprendemos mucho observando el ciclo del agua, que comienza cuando el frío extremo la presenta en su estado más denso y sólido que llamamos hielo. La luz del sol lo derrite y como líquido recorre los campos irrigando la tierra. Después de un largo y tortuoso recorrido desembocará en el mar hasta que la luz del sol vuelva a transformarla en vapor, que se almacenará en las nubes y oportunamente caerá como lluvia para comenzar de nuevo.

Nosotros, los humanos, vivimos una historia semejante. Nuestro cuerpo físico es energía congelada, que al principio solo sabe ocuparse de su supervivencia: respirar, comer, dormir y procrear. En ese nivel tan denso, la vida es un ritual de luchas, agresiones y descalabros. Contamos con cinco sentidos que nos orientan, pero que nos limitan a percibir solo aquello que tenga forma física. Pero llega el día en que la Luz derrite el hielo y en un hombre surgen sentimientos donde solo había emociones reactivas. También, dentro de la envoltura material despierta algo más sutil que no es visible, igualmente es energía, pero en una frecuencia superior. La llamamos mente y se manifiesta con el pensamiento.

Semejante al río, al humano la vida le obliga a horadar su propio cauce y a desviarse según sean los choques con las piedras. En el recorrido aumenta su caudal con información de diferente procedencia, que le aporta por igual, creencias falsas y perlas de sabiduría. Esta mezcla ecléctica hará necesario el trabajo interno para disolver lo que no sirve. En la medida en que esa selección progrese positivamente, a su paso podrá alimentar la vida del entorno, hasta que llegue el momento mágico en que desemboque en el mar y se haga Uno con el Todo.

Posteriormente, la luz del sol convertirá esa agua en vapor que se elevará raudo hasta alcanzar las nubes. Permanecerá allí hasta hacerse mas pesado y denso, para desgranarse luego, como lluvia y en la tierra iniciar otro ciclo diferente.

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