miércoles 13 de octubre de 2021 - 12:00 AM

La rabia social

Sxxxx.
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Mientras esperábamos a que “Rafa”, el artesano venezolano que se ubica junto al tradicional edificio Colseguros en el centro de Bucaramanga sobre la calle 36 con carrera 15 acabara de elaborar una manilla en cuero negro con una pieza de oro incrustada que le había encargado para un regalo; el apacible ambiente que allí se respira por la abundante brisa que en ese lugar corre todo el tiempo -en el que muchos bumangueses de niños se tomaron la típica fotografía con sombrero mexicano sobre una llama peruana que yo nunca me tomé- fue interrumpida por los gritos de auxilio de una joven mujer a la que unos ladronzuelos le acababan de arrebatar su teléfono celular.

Alertado por el gentío que gritaba -¡cójanlo, cójanlo!- mientras acorralaban al raponero por entre los pasadizos de aquella edificación, caminé lo más pausada y disimuladamente posible unos pocos metros con la esperanza de presenciar en vivo y en directo lo que ocurría sin quedar como un chismoso.

En la noche, al acostarme, recordaría aquella escena comparándola con esa extraña mezcla de miedo, euforia, rabia y gritería que produce en una casa de familia el avisoramiento y persecución de un ratón.

No tuvo suerte el pillo en su vil empresa. Atrapado por la turba recibió toda clase de golpes, insultos y vejámenes.

Uno de sus espontáneos verdugos logró bajar su pantalón casi hasta las rodillas lo que dejaba ver sus calzoncillos y su línea intergluteal mientras era golpeado incesantemente en las nalgas con la hebilla de un cinturón negro al tiempo que la muchedumbre le propinaba toda clase de golpes.

Mientras recibía garrotazos, puntapiés, puñetazos y correazos, el supuesto ladrón clamaba: ¡pero cuál celular, yo no tengo nada!

Cuando ya la multitud por alguna inexplicable razón se había cansado o compadecido de golpear al sindicado, un espontáneo sayón se abalanzó sobre él propinándole un golpe seco y pleno de lado sobre la mandíbula que sonó como suena el sonido de un puño cerrado sobre la palma de una mano. Aquél hombre se desgonzó mientras sangraba por todas partes.

Al final, llegó la policía que rescató al lapidado de la turba, embarcándolo en una patrulla.

No le encontraron ningún teléfono.

¡Bienvenido al Centro! -Exclamó alguien entre la multitud-

Bienvenido a la Barbarie –pensé-

A este hombre lo lincharon; a los niños de Tibú los mataron, y a una ministra que permitió que se robaran 70 mil millones de pesos Duque la nombró alcaldesa.

Algo anda mal en una sociedad que hace “justicia” por mano propia; o es una sociedad enferma de rabia, o su sistema de justicia falló. Parece un círculo vicioso. La injusticia... da rabia.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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