Publicado por: Jaime Calderón Herrera
Vandenverg, en El Poder en la Sombra, con gran rigor investigativo nos refiere el papel que han jugado algunos médicos de algunos de los poderosos, ya prolongándoles la vida o desencadenado su muerte, o escondiendo la enfermedad o el pronóstico de la misma, incluso al mismo enfermo.
La conferencia de Yalta (Ciudad ubicada al sur de Ucrania) la protagonizaron tres gobernantes durante la II guerra mundial: Roosevelt, Stalin y Churchill, quienes acudieron como vencedores pero derrotados por sus enfermedades. Sus padecimientos se reflejaron en el resultado que terminó abonando los conflictos ulteriores, no obstante haber acordado la reunión en San Francisco para dar inicio a la Organización de Naciones Unidas.
Roosevelt, a consecuencia de la poliomielitis, padecía severa discapacidad, que gracias a su inteligencia y preparación intelectual además de su inmensa capacidad política, logra no solo hacer olvidar a sus electores y a los políticos las secuelas de sus parálisis, sino hacerse elegir presidente para cuatro mandatos consecutivos.
A cargo de su salud estaba además del almirante McIntire, otorrino y oftalmólogo, Howard Bruenn, teniente de navío, cardiólogo e internista.
Antes de su tercera reelección, Roosevelt sufrió un ataque cardiaco, padecía de hipertensión arterial, falla cardiaca, anemia severa y enfermedad bronquial, hechos clínicos que no fueron informados a la opinión pública y al parecer tampoco comentados al propio Presidente, al menos en términos del pronóstico, lo cual lo hubiera disuadido de presentar su cuarta candidatura.
Se ha especulado de la motivación que tuviera McIntire para guardar silencio: los demócratas requerían ganar las elecciones y no tenían mejor candidato, o la solidaridad por afecto que indujo al médico a intervenir en el curso de la historia. Cualquiera que haya sido, acudió a Yalta a defender los intereses de occidente y de la democracia, “un hombre tembloroso, de mirada vidriosa, labios azulados, tinte grisáceo”.
Dos meses después le sobrevino un infarto cerebral y la muerte. La autopsia fue prohibida.
La salud de Roosevelt, de Stalin, de Churchill, fue manejada con secretismo. Stalin, quien estaba en mejores condiciones, sacó partido. Para la conferencia de Potsdam en julio de 1945, acudió el desconocido presidente Harry S Truman.
“El silencio es la más hábil mentira”. No hace mucho, a los colombianos se nos ocultó la enfermedad incapacitante del presidente Barco; seguramente ha sido lo mismo con otros mandatarios.
La historia nos enseña que los intereses en el poder priman sobre los de la sociedad, y que los actores que los ejecutan, en demasiadas ocasiones son enfermos hasta del alma, sembradores de odios, títeres o simplemente incapaces. Sus médicos ocultan en la penumbra sus responsabilidades.









