martes 28 de octubre de 2008 - 10:00 AM

Asunto: la vida

Nada merece por castigo la muerte, es mi opinión. Nacemos cargados  con lo suficiente para hacer maldades tanto como para hacer el bien. Es más,  algunos bondadosos permanentes pueden, en algún  momento y bajo una cierta circunstancia, hacer el mal. Lo contrario también sucede. Los líderes pueden conducir a muchos,  hacia uno u otro matiz.

Todos  tenemos un repudio natural para matar. Los ejércitos de todas las épocas y  de todos los lugares, entrenan a sus iniciados, con prácticas específicas para vencer esa talanquera moral innata. Algunos  no pasan la prueba, otros se hacen bestias.

Durante las guerras se producen verdaderos monstruos, también héroes. La mayoría son víctimas anónimas, aun habiendo  sido algunos,  héroes o monstruos.
Quienes van a la guerra generalmente obedecen y padecen, quienes las conciben, las usufructúan.

Colombia ha estado en guerra desde siempre. Nuestra clase dirigente, desde los primeros criollos independistas, ha estado contaminada de codicia y amoralidad. Han sacrificado generación tras generación, esculpiendo en la mente colectiva la  guerra, la venganza y el aprovechamiento.

Hace algunos años se atrevieron algunos a creer que matar liberales no era un pecado, otros que matar conservadores era asunto de justicia. Ahora escucho que matar supuestos delincuentes no es condenable, y que si caen inocentes, es un precio a pagar.

Yo me escandalizo, pero quedo en minoría. Las gentes no se conmueven con los 'falsos positivos', que consisten en reclutar marginados para luego asesinarlos en sitios lejanos de presencia guerrillera, y hacer méritos y obtener cosas tan banales  como un permiso de tres días.  Tampoco se conmueven con los cientos o miles de secuestrados que la guerrilla somete tan injusta y equivocadamente. Caminamos sobre las fosas o navegamos sobre los ríos que vieron desaparecer a miles de asesinados por los paramilitares, como si lo hiciéramos por caminos sin historia.

Un guerrillero salva  a Lizcano, (¡qué alegría!), otro guerrillero asesina a su jefe y le corta la mano como trofeo (¡qué barbarie!). Ambos son tratados en forma similar por el Estado (¡qué confusión!).
Bastaría con ponernos de acuerdo en lo fundamental: La vida es un valor supremo.

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