martes 31 de marzo de 2009 - 10:00 AM

Charlando

Alguien me dijo en una ocasión, que quien visite nuestro país por tres días, podría escribir un libro sobre Colombia.

Pero que si permaneciera dos semanas, tan solo se atrevería a escribir un ensayo; pero si le fuera posible vivir en nuestro suelo un par de meses, por mucho escribiría un artículo; pero si se quedara por más tiempo, ya no sería capaz de escribir nada, pues la complejidad de nuestra realidad confunde  hasta a las mentes más reveladas.

Lo anterior vino a mi memoria, conversando con  una de tantas víctimas del conflicto colombiano, golpeado reiteradamente por la barbarie y quien hoy desde su exilio observa el devenir nacional con la nostalgia propia del emigrante, pero que tiene la certeza de la capacidad de nuestra sociedad para generar libertades y condiciones propiciatorias de estados de satisfacción y por lo mismo sueña con regresar a lo suyo.

Vivir  en Colombia es una experiencia gratificante en absoluto,  si no fuera por  la estupidez de los violentos. La ecuación del conflicto ha tenido  varias propuestas de resolución, pero ninguna ha sido verdaderamente eficaz.

El corolario de la informal charla fue que la gran diferencia entre las sociedades del primer mundo y la nuestra,  estriba en que las primeras brindan oportunidades para crecer, en tanto la nuestra cercena  posibilidades y enlista hacia la confrontación.

Requerimos orden para debatir tanto como lo necesitemos para ordenar las ideas y los propósitos, pensé ya en solitario. La unidad para dialogar, para discutir, para crear desde la diferencia.

El mundo pasa por un momento de temor, de incertidumbre, de crisis,  propio de los prolegómenos de un salto. La humanidad se prepara para algo que aún no advertimos claramente. Ella siempre avanza así, a saltos, dejando  atrás parte de sí misma.

Necesitamos comprender  mejor nuestro tiempo  para hacer parte de la avanzada y no del olvido. Posiblemente si los millones de colombianos idos regresaran y millones de los atrapados en el remolino de la embriaguez  de nuestra cotidianidad conociera otras formas de vivir, fuera  posible entendernos  y  estar listos para el futuro. 

 

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