martes 25 de noviembre de 2008 - 10:00 AM

!Cómo sabe engañarnos la esperanza!

Es la exclamación que el novelista William Ospina  nos regala en su obra recién publicada, El País de la Canela, para mostrarnos la codicia que albergaba el alma de los Pizarro.

Esta nueva obra que hace parte de una trilogía sobre la conquista Española y que se inició con Ursúa, relata con rigor histórico pero con  la recreación maravillosa de la ficción, el descubrimiento del río Amazonas.

Con  uso magistral de la palabra, con largos y frecuentes fragmentos de prosa poética, el autor describe el alma de conquistadores y aborígenes, sus desencuentros en tiempos y destinos y la magnificencia de la naturaleza.

Reflexiones sobre la selva, su significado y su relación con los seres vivos, llena el País de la Canela. Para Ospina, los nativos  son 'ramas entre las ramas y peces entre los peces, son plumas en el aire y pericos  ligeros en la maraña, son lagartos voladores, jaguares que hablan y dantas que ríen'. Para el autor, la ferocidad de la selva hace feroces a los hombres. 'La selva despierta  en tus colmillos al caimán y en tus uñas  al tigre, hace ondular la serpiente por tu espinazo, pone amarillos ávidos en tus pupilas, y dilata por tu piel recelos como escamas y espinas'.

Los  conquistadores europeos para el relator provienen de una tierra  donde 'lo verdaderamente salvaje que produce son sus hombres, capaces de torcer ríos y decapitar cordilleras, de hacer retroceder las mareas y de reducir a ceniza sin dolor las ciudades'.

La codicia  que fue  el  leit motiv de la conquista porque  'el oro del Perú volvió doradas las pupilas de una generación' y la violencia extrema de un  Pizarro intolerante ante quien le reclamó por  no bastarle haberlos traído al infierno sin convertirlos  en demonios, señalan en la novela la ruta de los descubrimientos.

Sin temor alguno, considero que esta obra  al igual que Ursúa, son de obligatoria lectura para comprender nuestra esencia, respondernos la nunca  absuelta pregunta de qué nos pasa, pero  en un discurrir placentero por  la excelencia de la pluma de Ospina.

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