martes 19 de enero de 2010 - 10:00 AM

Es posible derrotar la tragedia ¡Qué dolor!

Niños que no conocieron la vida o que vivirán, marcados por la discapacidad, la orfandad o el recuerdo de la desgracia, jóvenes que truncaron sus sueños o adelantaron su partida desde su condición miserable, ancianos que no pudieron despedirse de lo amado, empresarios que aplazaron sus ambiciones; éstas y otras realidades se desprenden del macabro terremoto, en el Caribe cercano, que también es nuestro.

Lo cierto es que desde el principio, el precio de la naturaleza es la vida. Erupciones volcánicas, inundaciones, terremotos, huracanes, tsunamis, tempestades, en fin, decenas de hechos naturales e irremediables con los cuales la humanidad debe convivir, que son historia y que continuarán sucediendo. Para enfrentar tal realidad podemos prepararnos tecnológicamente y sobre todo desde la cultura, para tan solo mitigar los impactos, pues lo único que nos salvaría realmente, es la decisión de amar la vida.

Ella es siempre agridulce: se nace dependiente, se busca el libre albedrio y se envejece hacia la muerte sin autonomía. Muchos jóvenes se atormentan con dudas sobre su futuro, mientras muchos viejos padecen su pasado. El egoísta transita para su beneficio cosechando soledad mientras el altruista recibe incomprensión.

Hay una manera para amar la vida y es gozarla. Buscar ser feliz de niño, de joven, de adulto, de anciano. Si llega la tragedia, en cualquier momento que fuese, la habremos derrotado con una historia feliz.

La felicidad es fácil de alcanzar, aunque más difícil de sobrellevar que la adversidad, pues casi siempre proviene de otros que nos la dan y exige que nosotros la proveamos a los demás. Los jóvenes la buscan en lo impredecible y los viejos en la costumbre… pero que para ser un viejo feliz, la condición es haberlo sido de joven.

No se logra la felicidad sin una sociedad equitativa y justa. Esa sociedad de ilusión, es la que tenga alto grado de conocimiento y mucha generación del mismo. Me pregunto si la colombiana camina hacia allá o se parece cada vez más a la de los Duvalier (de inmensa popularidad y apoyo incondicional de los americanos), que construyeron un Haití donde la tragedia cayó encima de la desgracia.

Colombia hace parte del Cinturón de fuego del Pacífico. ¿Estamos preparados?

 

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