martes 05 de marzo de 2019 - 12:00 AM

¿Inteligencia?

Que nuestra mente es propensa a innumerables sesgos no se discute desde la publicación de los estudios del Nobel Daniel Kahneman y que han servido para inducir a los consumidores de cualquier producto a aceptarlo dependiendo de cómo se exprese su promoción. Por ejemplo, no es lo mismo decir que un alimento está libre de grasa en un 95%, a escribir en la etiqueta que tiene un 5% de ella. David Robson (The Intelligence Trap) también nos dice que tendemos más a invertir dinero adicional en un proyecto fallido que renunciar a él, perdiendo más dinero insistiendo en salvarlo y añade sobre la falacia del apostador, que piensa erróneamente que si en el juego de la ruleta esta cae en rojo, la próxima vez caerá en negro. Nada tiene que ver el coeficiente de inteligencia con la toma de decisiones libre de sesgos, es más, muchas personas muy inteligentes carecen de habilidades para evitar malas decisiones en la vida real, pues no obstante tener gran capacidad para el pensamiento abstracto, no lo utilizan para la vida, sino que confían más en la intuición que en el pensamiento deliberativo. De hecho la gente inteligente suele resolver mejor los problemas ajenos que los propios. Los sicólogos han descrito el fenómeno denominado “razonamiento motivado” para describir cómo aplicamos nuestra inteligencia de un modo unilateral para construir argumentos que justifiquen y racionalicen nuestros puntos de vista intuitivos y logren rebatir los contrarios. Científicos y políticos caen frecuentemente en este fenómeno y suelen sobrestimar su experiencia para avalar sus argumentos. De otro lado, las pruebas confirman que un grupo de personas con inteligencia promedio invalidan las decisiones “inteligentes” de individuos brillantes.

En el caso del proceso de la paz y de la Justicia Especial para la Paz (JEP), tan contaminados por sesgos emocionales, ideológicos y argumentos “disracionales” adobados con francos ataques, algunos conspirativos, debemos apelar a considerar los argumentos contrarios a los nuestros, buscando hipótesis alternas a las que hemos estado pensando, descontaminándolas de emociones, creencias y militancias. Una herramienta para pensar mejor es el “mindfullness”.

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