martes 26 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

La loca de la casa

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Robert Green, en su libro Las 48 leyes del Poder, afirma que “apelar a las fantasías de las masas es una inmensa fuente de poder”. Para sustentar su tesis menciona algunos ejemplos, y uno de ellos es el de Bragadino. Pues bien, durante la decadencia y la quiebra de Venecia hacia 1589, corrió el rumor de que a la ciudad llegaría un extraño personaje, alquimista él, poseedor de una sustancia capaz de convertir cualquier metal en oro, lo cual devolvería la grandeza y el poder. En el imaginario colectivo ya estaba la creencia en una profecía de un erudito polaco, quien había advertido que, si la ciudad encontraba a un alquimista, lograría rehacer su prosperidad. Nobles, gobernantes y ciudadanos confiaron todos pacientemente en Bragadino, quien al no dar resultados después de años de honores y atenciones, comunicó que la desconfianza hacia él constituía una traición de la ciudad, y por lo cual no era merecedora de sus servicios. Abandonó Venecia para instalarse en Múnich, por invitación del Duque de Baviera, quien ingenuamente padeció del engaño que subyace en la fantasía.

El filósofo Michel Onfray nos alerta sobre la decadencia de nuestra civilización, decadencia que para Green es el terreno abonado para que las fantasías proliferen. García Márquez hace unos años nos relató los efectos del rumor “algo va a pasar en este pueblo” y Bogotá, el pasado viernes, fue víctima de un rumor similar, que pudo haber tenido consecuencias fatales. La formula conocida de antaño: sembrar miedos, una estrategia probadamente efectiva para conducir a la masa a reclamar y legitimar el autoritarismo y de paso olvidar la justificación de los reclamos. Efectiva, pero con funestas consecuencias. Nuestra sociedad es decadente y víctima de la loca de la casa, como llamó Malebranche a la imaginación. Es hora de afrontar nuestra realidad de conflictos y fragmentación, para lo cual se requiere de un liderazgo para el cambio, a sabiendas que éste es lento, gradual, exige sacrificio, paciencia y perseverancia. Un Duque, como el de Baviera del siglo XVI, no sería el llamado a liderar tamaña empresa.

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