martes 31 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

La supernova del siglo XXI

La tensión entre sabiduría y sentido social de una parte, y el mito por otra, posiblemente se mitigue mediante otra inteligencia creada por la nuestra: la inteligencia artificial
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Veinte años sumados a dos siglos han sido testigos de grandes infamias, de la construcción de mitos y leyendas perdurables, pero también de avances en el entendimiento del mundo que nos rodea, con logros indiscutibles que se han traducido en mejoras para la humanidad hasta un punto tal que entramos en déficit con los recursos que el planeta puede proveernos a nosotros y a otras manifestaciones de vida.

Todo gracias a lo que llamamos inteligencia y que nos ha servido como herramienta de nuestro cerebro para imaginar, pensar en abstracto, conectar causas y efectos, planificar, comprender nuestro entorno, dar sentido a las cosas, aprender del error y de la experiencia, y que en grado mayor la poseen quienes tienen “sabiduría”, “sensibilidad social” y “sentido práctico”. No sobra decir que nos somos los únicos seres del planeta con inteligencia, si el común denominador para definirla es la capacidad de entender nuestro alrededor, todas las formas de vida tienen algún grado de inteligencia, y en conjunto constituyen una sabiduría superior a la de los humanos.

Hay un constante conflicto entre la capacidad y la necesidad de crear mitos y leyendas que entre más increíbles sean, más aceptación tienen por las mayorías, y, por otra parte, los esfuerzos mediante el pensamiento abstracto, el ensayo y error, es decir mediante la física y las matemáticas, comprender el mundo, el universo, la naturaleza, la realidad (si ella existe), o simplemente entender el sentido de la vida. La tensión entre sabiduría y sentido social de una parte, y el mito por otra, posiblemente se mitigue mediante otra inteligencia creada por la nuestra: la inteligencia artificial.

Hemos construido una capacidad computacional, que la evolución no ha tenido tiempo para desarrollar en nuestros cerebros, pero que, sin duda, potencia la mente humana a la manera de una explosión de energía, para resolver muchos de los problemas intrínsecos a la vida o aún aquellos que nuestra humanidad precaria en sabiduría ha creado.

También podría ser el síntoma de la decadencia de la especie que, como cualquier estrella, antes de morir se expande cual gigante rojo.

¡Feliz año!

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