martes 16 de julio de 2019 - 12:00 AM

Las mentiras dulces

El resultado fue la satanización de las grasas y el aumento en el consumo de los carbohidratos lo que condujo a la epidemia actual de diabetes y obesidad
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Es inviable encontrar una relación causa efecto entre lo que comemos y de lo que enfermamos o morimos después del tiempo. Somos individuos con organismos que se relacionan biológicamente de manera diferente con los alimentos. Hace 60 años el fisiólogo Ancel Keys convenció al mundo de que la enfermedad cardiovascular (que hoy es la primera causa de muerte) tenía relación directa con el consumo elevado de grasas saturadas. Hoy sabemos del fraude del estudio, pues de una data de 22 países, excluyó quince, que le dañaban tanto su hipótesis como su recomendación de la dieta mediterránea. El resultado fue la satanización de las grasas y el aumento en el consumo de los carbohidratos lo que condujo a la epidemia actual de diabetes y obesidad. Hoy sabemos que las grasas no son responsables de la obesidad, que la mitad de los infartos del corazón se presentan en personas con colesterol normal o disminuido y que no hay una correlación definitiva entre colesterol, colesterol “malo” (LDL) y enfermedad del corazón. Keys y los investigadores de Harvard que publicaron en 1967 en el NEJM el artículo clásico de revisión de enfermedad cardíaca y grasas, fueron pagados por la Sugar Association (Asociación del azúcar), los gremios de esa industria se han opuesto a reconocer la relación del azúcar con la obesidad, y al etiquetado de los productos azucarados mostrando su contenido real de manera visible. En nuestro país ha sido una vergüenza el cabildeo para evitar los impuestos que probadamente disminuyen el consumo de bebidas azucaradas.

Un viejo chiste dice que prohibir la sal, el azúcar, el alcohol y las grasas, no prolonga la existencia, pero sí la hace más larga. Estudiando a Eric Topol, puedo afirmar que no hay verdades en las recomendaciones sobre dietas y que por largo tiempo hemos sido engañados con “estudios” que producen evidencias amañadas o de tan bajo poder, que no permiten sacar conclusiones definitivas, dada la disparidad en la población objeto, la presencia de factores confusionales y la ausencia de poblaciones control con seguimientos apropiados. Es decir: NO hay que comer cuento.

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