martes 19 de enero de 2021 - 12:00 AM

Me disculpo

recibo sus partidas como la diana que ya no anuncia la alborada, sino que advierte la cercanía del encuentro con la esencia, con la incertidumbre, con el azar y el caos que produce o lo alimenta.
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Hoy no escribo para ustedes, escribo para mí. Necesito decirme, repetirme, lo que me enseñó Armando Gómez Ortiz: “no temas, la muerte está hecha de la misma materia fugitiva y confusa, que la vida”. Ya no está Armando y junto a él, me entristece recordar los que se fueron, íntimos o simplemente próximos, también los lejanos y los desconocidos, pero que, de alguna manera, forjaron lo que soy. Soy todos: los que me engendraron, los que me tendieron puentes o me pusieron obstáculos, los que me despertaron emociones gratas o dolorosas, los que me amaron o se dejaron amar, los que escribieron o cantaron para que yo entendiera, los artistas que trabajaron para despertar emociones, los animales que me gruñeron o me expresaron su afecto, las plantas con sus flores y sus espinas, los microbios que me enfermaron o me sanaron o me ayudan a vivir. Soy todos y todo, y acepto la vida como un código, una secuencia de letras, un ácido nucleico con las instrucciones precisas para cada organismo vivo, para simplemente garantizar su replicación, como la del virus, pero también para ordenar la muerte. Esa secuencia de “bases nitrogenadas”, nos diferencia en la forma, pero en la esencia somos lo mismo. Morir es natural, pero quien mata o induce a matar, debería merecer la pena de vivir eternamente. Se fueron mis abuelos y mis padres, familiares con afectos muy próximos ya no están, no encuentro algunos colegas, ni uno que otro maestro que despertaron la curiosidad por pensar críticamente, por alimentar esperanzas. No importa que enfermedad o que absurdo azar causó sus muertes, importa que haga nada para parar la muerte causada por asesinos. Esas ausencias anónimas me dañan tanto como el dolor de las ausencias añoradas. Todas las partidas me duelen, los últimos meses han sido particularmente crueles, recibo sus partidas como la diana que ya no anuncia la alborada, sino que advierte la cercanía del encuentro con la esencia, con la incertidumbre, con el azar y el caos que produce o lo alimenta. Recuerdo que siempre hay un día en que nadie nos puede retener, como bien lo dijo el poeta Miguel Ángel Osorio.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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