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Jaime Calderón Herrera
Miércoles 28 de febrero de 2024 - 12:00 PM

Sin tacto ni oído

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Hace ya varios años caminando por algunas calles de Manhattan sin destino definido, me topé con un personaje que me llamó la atención no tanto por la persona sino por su oficio. Se trataba de un hombre mayor afroamericano sentado en una silla bajita de esas que algunos llevan a los estadios de futbol y al lado un cartel escrito a mano, pero suficientemente visible como para leer que quien fungía de ciego o era ciego de verdad cobraba 10 dólares por escuchar diez minutos a quien quisiera sentarse en otra silla un poco más alta y solo deseara ser oído. Desde entonces he venido observando la creciente incapacidad de la humanidad para escuchar, pero también para narrar. Acabo de darle una primera lectura al escrito de Byung-Chul Han sobre la crisis de la narración en ésta, la era de la revolución digital, donde nada queda oculto, y como lo aconsejaría Virilio solo nos queda soñar que somos ciegos.

La moda de hoy son las “storytelling” que crean “community” pero destruyen las comunidades narrativas. Desde el aislamiento narcisista detrás de la pantalla de un teléfono inteligente, nos convertimos en consumidores de una nueva mercancía que reemplaza las narraciones que nos invitan a imaginar, a soñar, a comprender, como forma superior del conocimiento. Somos escuchas de una mercancía y no de la historia que aqueja a una persona a una nación. Contamos, para vender algo a miles de personas al otro lado del Instagram o del tik tok, el objetivo es el de obtener “likes” o reproducciones de nuestra historia exhibicionista con propósito publicitario. Narrar requiere de pensar y las narraciones son el sentir de una época dice Han.

Hoy tenemos trabajo y tiempo libre para producir y consumir en bienes, servicios, espectáculos y fiestas, pero son escasas las oportunidades para narrar y para escuchar. Estamos saturados de información, pero más desorientados que nunca, pues hemos perdido los vínculos y las relaciones que crean empatía, reemplazándolos por el tecleo y el dedo que se desliza por una pantalla desde la soledad.

La escucha atenta nos genera ideas, la ausencia de contacto nos enferma.

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