martes 18 de julio de 2023 - 12:00 AM

Jaime Calderón Herrera

Sociedad y sicodélicos

El consumo de drogas sintéticas ha venido creciendo en Colombia y en Bucaramanga, especialmente en los jóvenes universitarios entre 18 y 26 años, a tal punto, que una fiesta juvenil, en muchos casos, no se concibe sin alcohol, cocaína, tusi, Popper y sexo. Mucho ha cambiado de las melcochas bailables vespertinas o las idas a discoteca adobadas con ron Medellín, a la diversión de hoy. Ya en un estudio publicado en 2016 se informaba del consumo de drogas prohibidas en al menos el 40% de la población de universidades públicas y privadas. Mi percepción es que esta cifra se ha duplicado en la actualidad. En los jóvenes con menores o nulos ingresos predomina el consumo de alcohol, marihuana y basuco. El abuso de alcohol y de drogas sicoactivas va de la mano con violencia, accidentes viales e incremento de estados mentales que exigen tratamiento médico hospitalario.

Como en el dilema del huevo y la gallina, hay que plantearnos si la afectación en la salud mental de la sociedad, debido a un modelo que genera mayor esfuerzo para obtener logros y con la frustración reiterativa, conduce al consumo de drogas ilícitas y lícitas, o, si, por el contrario, es el mercadeo de éstas, lo que agrava la enfermedad mental de nuestra sociedad. Suelo pensar que la una alimenta a la otra de manera recíproca.

Algunas de las drogas sintéticas son agonistas de la serotonina, es decir, aumentan su efecto. Por mucho tiempo fueron prohibidas las investigaciones sobre los llamados sicodélicos, más para doblegar contendores políticos que abrían fuego contra Nixon desde las universidades, que como un interés genuino en la salud de los ciudadanos. Hoy sabemos que micro dosis de ellos tienen lugar terapéutico en algunas alteraciones de la salud de la mente. Los cambios en la percepción del tiempo, la conectividad del cerebro entre áreas que normalmente no lo están y las alucinaciones, son efectos que buscan quienes las consumen, en la búsqueda de placer y de creatividad.

La política pública sobre drogadicción merece un debate científico, sin hipocresías y sin soluciones simplistas. El microtráfico nos está carcomiendo.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Otras columnas
Publicidad
Publicidad
Publicidad