martes 02 de junio de 2009 - 10:00 AM

Soñadores en extinción

Por apariencia diría que ella no  cumplía aun los 25 años. Hacía unos treinta minutos que nos habíamos sentado a la mesa con Manuel, próspero profesional nacido a finales de los sesenta, frente a una jarrita de sake y a la espera de que nos sirvieran el sushi ordenado.

La conversación trascurría amenamente entre Manuel y yo, mientras la joven solo nos atendía con especial atención sin pronunciar palabra. Nunca, nunca, dije dirigiéndome a  él, nos imaginamos los de mi generación, que cuando fuéramos mayores veríamos un mundo peor al que vivíamos entonces. Por supuesto que conocíamos la letra de aquel tango titulado Cambalache, pero pensábamos que corregiríamos el rumbo equivocado que llevaba la humanidad.

Sí, dijo Manuel, también nosotros recibimos el legado de la utopía. Ya en Paris los muchachos del 68  habían concebido  aquellas consignas de  'seamos realistas, pidamos lo imposible', 'prohibido prohibir' y tantas otras por el estilo, pero tienes razón,  fuimos una generación de optimistas, con la certeza de un futuro cada vez mejor que derrotara la mediocridad, que lograra una mayor conciencia ecológica y  fuera capaz de construir  la paz  permanente.

Miren, les dije, en mi juventud se hablaba  de la ética, el control social discriminaba  a los corruptos que por supuesto medraban en indeseable número por los sectores público y privado, se estudiaba  la violencia y el subdesarrollo, pero todos estábamos convencidos, independiente de la orilla ideológica donde estuviéramos parados, que en el futuro la inequidad, la insolidaridad, la injusticia, la corrupción, serían temas superados o al menos controlados.  Pero hoy no sé si fuimos una generación perdida, pero el mundo está peor.

Bueno, interpeló la joven, no conozco a nadie de mi generación que crea que dentro de treinta años las cosas irán  mejor que hoy. Tal vez ustedes hayan sido demasiado soñadores o idealistas.  ¿No creen que debamos ser realistas para vivir mejor?, nos preguntó.

Apuré un sorbo de sake y creí entonces comprender que el proyecto de destruir la esperanza para implementar la democracia formal, había triunfado.

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