martes 11 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Un concepto y una esperanza

Nuestra civilización se ha construido desde la infamia del “malicidio”, categorizando a discreción el bien y el mal, y actuando supuestamente a nombre de un dios que simbolice el supuesto bien.
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Mastico un concepto complejo, “el malicidio”, que según Michel Onfray, lo introdujo san Bernardo de Claraval en el siglo XII, para justificar primero que se pueda matar, y luego, que, al hacerlo, se convierta en una buena acción. Sin duda nadie quiere al mal y resulta conveniente combatirlo, la dificultad surge al definirlo, al calificarlo, al asignarlo. Igual sucede con el bien.

Nada es malo para el hombre bueno, según Platón. Claraval, tal vez, se inspiró en el griego, para motivar a quien se considere defensor del bien, derrumbar sus barreras morales y matar sin restricciones ni culpas, a todos los que a su juicio entren en la categoría del mal. Aquí habría que decir, que aquel que confunda el bien y el mal, estará al lado del último, y que sabemos que el mal se oculta con frecuencia detrás de un supuesto bien.

El “malicidio” ampara a los extremistas del islam para eliminar a “los infieles” bajo el supuesto de una “buena acción” que los conducirá al cielo por siempre. También a las guerrillas “justicieras”. Así mismo, la yihad cristiana justificó los genocidios, los etnocidios, los feminicidios, los infanticidios durante los doscientos años que duraron las cruzadas. Nuestra civilización se ha construido desde la infamia del “malicidio”, categorizando a discreción el bien y el mal, y actuando supuestamente a nombre de un dios que simbolice el supuesto bien. Al principio de nuestra era, Constantino extendió su imperio recién cristianizado, reemplazando al dios del amor y del perdón por el de la espada. Más recientemente, el fascismo buscó expandirse mediante la guerra, que consideraba higiene espiritual, con tesis inspiradas en una visión de un mundo desigualitario y jerarquizado, con culto a la virilidad, a la autoridad, al ejército y a la policía política, desdeñando los derechos humanos.

El “malicidio”, concluyo para mí, es inmoral de manera absoluta y con ánimo esperanzador leo en Cicerón, que casi siempre, a las acciones de los malvados las persigue primeramente la sospecha, luego el rumor y la voz pública, la acusación después y, finalmente, la justicia.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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