martes 14 de mayo de 2019 - 12:00 AM

¿Y qué estamos haciendo?

Las esperanzas de construir una nueva sociedad a partir de un proceso de reconciliación y verdad se ven amenazadas por quienes aspiran a que todo siga igual

En todas partes hay crímenes incluso atroces, pero la ferocidad que subyace en nuestras relaciones sociales y políticas abonan un escenario de crímenes cotidianos, que nos avergüenzan ante la historia y ante el resto de la humanidad.

Los feminicidios, que hoy son más visibles que ayer, no logran ser disuadidos por la severidad de la pena consagrada en una ley reciente, como tampoco las penas aumentadas para los infanticidios logran erradicarlos de nuestros territorios. Ejemplos anteriores que muestran de manera clara y tozuda que el problema no se soluciona exclusivamente con aumento de penas o con leyes severas. Los asesinatos de personas con activismo político en materia de derechos humanos, medio ambiente y otros tópicos vienen aumentando sin que el Estado ni el Gobierno hayan sido capaces de ofrecer una respuesta eficaz, ante hechos que tienen ribetes de sistematicidad y de exterminio. Es más, el asesinato de un reinsertado por parte de integrantes de las Fuerzas Armadas tuvo como respuesta inicial unas desafortunadas declaraciones del Ministro de Defensa que ameritan que congresistas hayan propuesto una moción de censura.

En el municipio de El Bagre (ejemplo de una sociedad minera), un médico en ejercicio de su servicio social es víctima de sicarios en plena calle y por móviles que desconocemos, asesinato repudiable que como todos los otros, convocan a la sociedad a repudiarlos y actuar para su erradicación. Sicarios, criminales, delincuentes comunes, todos por doquier. Impunidad rampante salvo excepciones. La violencia inunda nuestras mentes como producto de nuestros prejuicios discriminatorios, de la inequidad social y económica, pero por sobre todo cabe responsabilidad a los dirigentes sociales, gremiales y políticos de todos los tiempos y de todas las condiciones que atizan rencores y diferencias, algunos dirigiendo, incitando, otros lamiendo suelas, pero todos concentrando poder derivado de sembrar odios. Las esperanzas de construir una nueva sociedad a partir de un proceso de reconciliación y verdad se ven amenazadas por quienes aspiran a que todo siga igual. ¿Y qué estamos haciendo para evitarlo? ¡Estamos muy enfermos!

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