sábado 03 de octubre de 2009 - 10:00 AM

El Bronx colombiano

Hasta antes de que a punta de cañonazos, tiros y chuzadas, nos llegara la seguridad democrática, en Colombia existía respeto por la vida; la muerte, las masacres, las acciones violentas, eran condenadas por la mayoría de los ciudadanos que siempre pedían el fin de las mismas y el advenimiento de la paz, la tranquilidad y la concordia.

Ahora, años después de instaurada la dictadura uribista y en medio del ventarrón que levantaron para la nueva reelección, la situación, el sentir del colombiano común –pobres y ricos por igual-, es completamente opuesto: se disfruta la violencia, se alaba la muerte, se admira la mentira, se justifica la trampa, se aplaude la corrupción, se apoya la injusticia, se premia a quien corte la mano del otro, se respalda a quien ordena asesinar inocentes, se venera al jefe de la mafia, se le rinde culto, se le ama, se le llora, se le bendice. ¿Qué pasó? ¿Por qué este cambio?  En 1969, Phillip Zimbardo abandonó un coche en las calles del Bronx de Nueva York con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas, y esperó a ver qué sucedía. Pasaron diez minutos y comenzaron a robar sus componentes, mientras que tres días más tarde no quedaba nada de valor. Luego, el vehículo empezó a ser destrozado. Después, dejó un carro en condiciones parecidas en un barrio rico de Palo Alto, California. El auto estuvo intacto una semana. Zimbardo hizo pequeños destrozos al vehículo y esa fue la 'señal' para que los honrados vecinos californianos hicieran lo mismo que los del Bronx: comenzaron a saquearlo.

A raíz de este experimento, James Wilson y George Kelling formularon la teoría de las 'ventanas rotas', que establece: si la ventana de un edificio aparece rota y no se arregla con premura, no pasará mucho tiempo para que el resto de los cristales corran la misma suerte. El mensaje es claro: 'una vez se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian', concluye Argandoña, profesor de Economía del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa, en España.

¡Ni más ni menos lo que pasó en esta patria uribista! La 'incivilización' se volvió normal gracias al ejemplo del gobierno que partió las ventanas de la institucionalidad y del conjunto de ciegos que, cual horda del Bronx o príncipes de Palo Alto, no tienen conciencia de sí mismos.

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