sábado 10 de enero de 2009 - 10:00 AM

Quedamos pailas

Nunca he entendido por qué cuando el pueblo elige a sus gobernantes -que antes de ocupar los cargos son especies normales de la fauna humana- le confiere a sus familiares títulos rimbombantes, estrambóticos y casi siempre alejados de la realidad. Así pues, empezamos a oír las declaraciones de la 'primera dama del municipio', discursos de la 'primera dama del departamento' y se ha llegado hasta el extremo de tener que escuchar los ladridos de la 'primera perra de la nación'.

Y no sólo los ladridos. La historia, podrán leerla ustedes, sus hijos y nietecitos, cuenta ya que el presidente llevaba a la 'primera perra de la nación' a todas partes y, por supuesto, los edecanes tenían que bajarla del avión presidencial, montarla a una limusina, escoltarla en el desfile, darle agüita para que no fuera a sufrir de rabia y alojarla en un hotel de cinco estrellas o en la casa privada del arzobispo. En fin, el trato a la 'primera perra de la nación' siempre tenía que corresponder al título que ostentaba.

Antes de continuar y para evitarme una nueva crucifixión de mis amigos uribistas, no estoy hablando de Lina, la esposa de nuestro señor Presidente, sino de Lara, la perra dálmata que acompañaba a Alfonso López Michelsen a donde quiera que él fuera.

El punto importante, destacable, es que los canes siempre se parecen a sus amos y el parecido entre la 'primera perra de la nación' y el ilustre ex presidente –o primer man del país- era impresionante. Lara, dálmata, era blanca con lunares negros y López, político, terminó su vida lleno de parches color café y lo que es peor, acabó su mandato con tantos lunares que si la Fiscalía se hubiese puesto a husmear, no hubiera habido modo de iniciar las investigaciones del proceso 8 mil, ni de la parapolítica, ni de la yidispolítica.

Pero que los perros terminen pareciéndose físicamente a sus amos, o éstos a aquellos, es cuento viejo. Lo novedoso es que nuestras mascotas terminan también por heredar las enfermedades de sus patrones, como le pasó a Tito, 'el primer perro de mi mamá', que le heredó a ella el grave mal de riñón, según acaba de anunciarnos el médico. Ahora, en la familia, ya no podremos volver a comer a casa de Graciela porque la dieta para ese mal es muy insípida y si antes ella ingería sola sus alimentos y nosotros compartíamos los de Tito, ahora, como dice Crótatas, quedamos 'pailas'.

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