miércoles 18 de agosto de 2021 - 12:00 AM

La cultura de la corrupción

La corrupción es una enfermedad crónica en la cultura de muchos colombianos, buena parte de la sociedad la considera como algo habitual en sus actividades...
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Desde hace décadas se viene hablando de la necesidad de combatir la corrupción en el país, y en cada proceso electoral, los candidatos suelen prometer en sus planes de gobierno la lucha contra este flagelo, el cual en buena parte es responsable de los problemas sociales, económicos y de atraso nacional.

Todos ellos han fallado en su propósito y la corrupción sigue rampante, a pesar de la creación y fortalecimiento de una cantidad de instituciones de control, que no han logrado detenerla; por el contrario, en algunos casos se han involucrado en ella. En una oportunidad, hasta un Presidente se atrevió a proponer como estrategia la reducción a sus justas proporciones, lo cual en la práctica era su legalización.

La corrupción es una enfermedad crónica en la cultura de muchos colombianos, buena parte de la sociedad la consideran como algo habitual en sus actividades y una forma extralegal, más no ilegal, de lograr los objetivos que se proponen. En la medida en que aumentan los éxitos, los apetitos se incrementan sin límites, motivados por la facilidad y las ansias materialistas que priman en el mundo actual. Cualquier normatividad se torna ineficiente, cuando quienes la deben acatar están convencidos que pueden violarla, y quienes están llamados a hacerla respetar, cobran “coimas”, son comprables o extorsionables.

Cuando una actitud se inserta en nuestra forma de ser, qué difícil es erradicarla de los procederes humanos. En nuestro caso, la corrupción está en todas partes, en el sector público y privado, en chicos y grandes, en pobres y ricos, cada quien de acuerdo a la conveniencia individual, sin importar los perjuicios para el Estado y las generaciones presentes y futuras. En países democráticos como el nuestro, solo el compromiso de todos los estamentos de la sociedad, aunados a procesos de reeducación y fiscalización punible y preventiva permitirán obtener resultados importantes a largo plazo, siempre y cuando los sectores del gobierno se mantengan firmes, unidos e impolutos por largo tiempo, en ese proceso de cambio actitudinal de sus gobernados.

Pareciera una utopía este sueño, pero debemos intentarlo. Vienen unas elecciones para Presidente y Congreso, y necesitamos líderes con una trayectoria limpia, capaces de unir a la población y convencer al resto del gobierno en un proyecto de país, en el cual las malas costumbres adquiridas y el dinero fácil, no sean la forma de vivir o sobrevivir; pero además, que las oportunidades para crecer como personas y calidad de vida estén al alcance de todos los que quieran lograrlo sanamente.

Una comunidad sin principios, ni valores está llamada al fracaso.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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